¿Cómo realizar un cambio existencial y no morir en el intento?

A los 17 años de edad, al terminar el bachillerato, dejé mi familia de origen, me dirigí a la capital donde entré en un convento franciscano. Estudié filosofía, teología. Me ordené sacerdote con tan solo 25 años de edad. Trabajé como misionero entre los indios waraos, en el Delta del Orinoco y entre los indios pemones en la Gran Sabana (Venezuela). Recién cumplidos los 30 años me mandaron a estudiar pedagogía en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma. Un 11 de julio del 1998 viajaba a Roma. El cambio no fue nada fácil para mí. Nueva lengua, nueva cultura, nuevas costumbres. Había ido a estudiar la licencia y la idea era regresar para seguir trabajando en mi tierra.

Al terminar la licencia me propusieron continuar con el doctorado, con miras a trabajar en la Universidad Pontificia Antonianum. La verdad es que me sentí honrado de la propuesta. Veían y valoraban mis capacidades como religioso y enseñante. Así fue como el proyecto de regresar a mi país de origen cambiaba radicalmente.

Trabajé diez años como coordinador de un máster para formadores (los que a su vez formarían religiosos, religiosas y sacerdotes). Me encargaba de motivar, acompañar, seguir a los alumnos, organizar las clases y sus horarios, contacto con los profesores, organizar las diversas actividades como: retiros, convivencias, paseos, etc. Una experiencia muy enriquecedora con alto contenido de responsabilidad. Un servicio que ejecuté lo mejor que pude. La universidad estaba muy satisfecha con el trabajo realizado. La satisfacción del deber cumplido siempre me acompañó.

Dentro de mí poco a poco se fue fraguando una gran insatisfacción. Sentía que no estaba siendo coherente conmigo mismo. Con lo que sentía, lo que era y mi servicio sacerdotal. Fue así como por dos años estuve con contacto con un director espiritual y un psicólogo. Me ayudaron mucho en mi proceso de discernimiento. Dios quería que fuera feliz, que me realizara como persona, cosa que descubrí que dentro de la vida religiosa no podía realizar. Algunos a los que le comentaba mi situación me decían que no me preocupara, que eso sucedía y que no se me ocurriera dejar la vida sacerdotal ya que las seguridades que podía encontrar dentro de ella no las iba a conseguir en otra parte. Además que con casi 50 años no era el caso. Al final de un proceso de serio discernimiento tomé la decisión de dejar mi vida religiosa/sacerdotal.

No fue nada fácil al comienzo. Con 49 años de edad muchas puertas se te cierran en tu cara. Dentro de la misma iglesia muchos me consideraron (consideran aún) un “estigmatizado” un “apestado”, que es mejor que se mantenga lejano. No los juegos, allá cada quien con su conciencia. No reniego nada de lo que viví. Fueron años maravillosos donde fui feliz, sobre todo acompañando, dando ánimo, sosteniendo a las personas, en particular en el sacramento de la confesión. Entrar en lo íntimo del individuo, en su conciencia, ese lugar sagrado donde habita Dios e impartir misericordia. Lo hice siempre con mucho respeto y consideración. Mi punto de referencia siempre fue (es) Jesús buen pastor, maestro y misericordioso. Que no vino a condenar a nadie, sino a salvar. Con un título en mano, una pequeña maleta con lo necesario y pocos euros en el bolsillo, comencé una nueva estrada. Sentí que me liberaba de un enorme peso, pero también sentía temor al por venir. España me abría sus puertas. Confié, extendí mis alas y volé alto.

En esta nueva etapa de mi vida me encuentro sereno. Siento que he hecho lo correcto. Quién me quiere y aprecia de veras, respeta y acepta. Quiere que sea feliz y lo soy. Quiero seguir adelante con mis proyectos poniendo a disposición lo que soy, lo que me ha ayudado en mi camino existencial. Compartir lo aprendido y seguir aprendiendo, en una palabra: vivir.

Sigo siendo creyente. Creo en Dios padre misericordioso, no juez implacable y sádico. Tengo amigos ateos, agnósticos, evangélicos, testigos de Jehová, protestantes, judíos, budistas, etc. Mi relación con ellos se basa en el respeto y la aceptación mutua. Valoro la persona en sí. No poseo la verdad absoluta en mis manos, nuca lo he pretendido. Cada uno de nosotros tiene una parte de verdad y juntos la construimos.

Mi mirada se pierde en el horizonte inmenso, las olas marinas me cantan su canto milenario, la brisa suave acaricia mi cuerpo. Recuerdo con ternura mi familia lejana (duele la distancia), mis hermanos, sobrinos, amigos. Tantos rostros aparecen en mi memoria, cuánta agua ha pasado bajo el puente existencial de mi vida. Doy gracias por todo y pongo en manos de Dios lo que me resta de vida. No estoy solo y el amor nunca falta a quien confía, ama, espera.

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