La luz de mis ojos (relato)

Al final llegaron a un veredicto.

La ganadora del concurso de descripción narrativa era Lucía. 
Con su obra: “La luz de mis ojos”. El jurado había apreciado la forma de describir de la escritora, que tan solo contaba con diecisiete años (según sus documentos) Sutil, detallista, con un lenguaje fluido y comprensible. A través de la lectura se era capaz de captar los diferentes colores de la naturaleza. El rojo vivo de las amapolas, el brillante amarillo de las margaritas, el verde variopinto que se extendía por hectáreas. El sonido del río y de las aves cantarinas. La belleza del atardecer, en fin todo un hermoso paisaje.

La entrega del premio sería dentro de un mes.

La emoción de Lucía fue enorme al recibir la noticia.  Era el reconocimiento a su trabajo, a su imaginación. Además los siete mil euros le caerían “como agüita de Mayo” .

Llegó el gran día. El salón del ayuntamiento estaba completamente lleno. Todos estaban a la expectativa por saber quien era la ganadora de tan prestigioso concurso. 

– A continuación – dijo la presentadora – llamamos al podium a nuestra ganadora: señorita Lucía Rodríguez.

Un silencio descendió en la sala. Todos expectantes para saber quien era. En ese momento una humilde muchacha se levantó. De mediana estatura. Cabellera larga y negra que hacía juego con su piel blanca. Una amplia sonrisa que iluminó el entorno. De seguido, a su lado,  se levantó una mujer de unos setenta años. Todos suponían que era su abuela. Comenzó a caminar delante de ella. Lucía extendió su mano y la posó en su hombro derecho.

Un murmullo se escuchó. Iba en aumento en la medida que la chica se desplazaba ayudada por aquella noble anciana. El jurado y el presentador no salían del asombro. 
Con mucho cuidado Lucía comenzó a subir las escaleras que la llevaban al escenario, siempre guiada, acompañada. Cuando estuvo delante del micrófono, la anciana se puso detrás de ella, dejando que todas las miradas se centraran en Lucía.

Me imagino que todos ustedes estarán muy impresionados – comenzó su discurso en forma pausada. Segura de sí – ¿Cómo es posible que una ciega gane este concurso? Puedo firmar que “la belleza está escondida y solo se puede apreciar con los ojos del alma”. 
Esta noble mujer que me ha traído es Matilde. Para mí ella es mi madre, mi abuela, mi todo. Me encontró en el portal de su casa hace diecisiete años, apenas recién nacida. Desnutrida y ya sin alientos de tanto llorar. De mis padres no tengo idea de quienes eran. Ella me crió como su hija. Dándome todo cuando podía, sobre todo una educación. 
Tuvo especial cuidado de no trasmitirme sentimientos negativos hacia mis progenitores, por el hecho de haberme abandonado. Siempre me repitió y repite aún: “todo tiene su por qué en este mundo. Sus razones tendrían. Jamás los condenes ni juzgues. Que el odio jamás corroa tu corazón. La vida te dará infinidad de sorpresas”.
No sabe leer ni escribir, pero sabe llegar al alma. Aprendí el braille con mucho sacrificio, pues económicamente estábamos muy ajustadas. Todas las noches escuchaba por la radio los cuentos y fábulas que se narraban. Matilde no podía leerme nada, pero supo buscar la forma, suplantar lo que le faltaba.
Todas las mañanas, desde muy niña, me llevaba a pasear. Me contaba lo que veía. Sus descripciones ayudaron a que desarrollara una gran imaginación. Aspiraba profundo y era capaz de captar infinidad de olores, los cuales fui clasificando. Tocaba y abrazaba los árboles, palpaba las flores salvajes, la hierva, el rocío mañanero…

– Todos estaban muy atentos a sus palabras. Se podía escuchar el vuelo de una mosca del silencio que reinaba. La magia de Lucía había llenado aquel lugar -.

No es necesario tener alas para volar, ni tampoco ojos para poder contemplar la belleza que nos regala cada día le generosa creación, la hermosura de la madre tierra. 
Un sentido me ha sido arrebatado, mas muchos otros me han regalado. Gracias esta discapacidad he podido desarrollar mi humanidad, mi sensibilidad. Poder ser lo que soy en este momento. 
Dedico este premio a ella, a Matilde. Sin ella no habría podido llegar a donde he llegado. Ella es realmente “La luz de mis ojos”
Algunos dudaran de que yo sea realmente quien haya redactado este escrito. No quiero convencer a nadie de lo contrario. A Dios pongo por testigo de que he sido yo y puedo demostrarlo.
Acto seguido comenzó a desarrollar su relato.

La expresión tan viva de su descripción dejó atónitos a todos. Su relato llegaba a cada uno de los presentes y les hacía vivir en profundidad cada detalle. Brotaban lágrimas espontáneas a quien escuchaba. 
Al terminar, continuó un silencio prolongado que solo fue interrumpido cuando ella profirió un sincero: “gracias”.

Un aplauso invadió la sala. Se levantaron todos como expresión de respeto y admiración ante aquella celestial criatura. 
Matilde, humilde y sin levantar la cara, se dirigió hasta donde estaba Lucía y la abrazó fuerte.

Me emociona recordar ese momento. ¿Ficción o realidad? a quien le importa. Lo importante es que resuene dentro de cada uno de nosotros las palabras de Lucía:

“La belleza está escondida y solo se puede apreciar con los ojos del alma”.

Que cada día sea, sobre todo para mí, una oportunidad de “limpiar” con mis actitudes, gestos, acciones, esos ojos del alma.

4 comentarios sobre “La luz de mis ojos (relato)

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