Con el tiempo

Mientras camino, observo todo lo que me rodea. Contemplo los árboles sin hojas. La gente que viene y va, cada uno en sus cavilaciones. Sonrío y saludo a quien pasa cercano a mí. Algunos devuelven el saludo, otros no. Miro los edificios, los pormenorizo. Pequeños detalles que nunca había visto se revelan. Diversidad de colores, de formas, de texturas. Vislumbro el cielo. No hay nube alguna. Refleja un celeste profundo, límpido. Me habla de pureza, serenidad y eternidad. Respiro profundo. Quiero retener todo el aire posible en mis pulmones mientras digo: “gracias por este momento. Me merezco todo lo bueno de este mundo. Fui creado para la felicidad, no para el temor o la culpa.

Con el tiempo aprendí que los demás son más importantes que yo. Que es mi deber servirles, atenderles, aún a costa de mí mismo.

Con el tiempo me enseñaron que es más importante “el qué dirán” y las apariencias. Está prohibido ser o pensar diferente. Vienen a mi mente las palabras (que otrora), me repetía mi madre: “Tenga mucho cuidado hijo, recuerde que somos una familia decente”. ¿Decente? ¿Qué es una familia decente? Hija de su tiempo y de su historia. Lejos de mí juzgarla. Pero este peso me acompañó por luengos años.

Con el tiempo asumí que no debía tener un espacio reservado para mi persona. Era una falta grave “estar sin hacer nada”. Dejé de lado libros que me agradaban. Abandoné la escritura, la música, el teatro. Las artes en general. El trabajo era lo más importante y tenía que rendir lo máximo. Comenzó a resentirse mi salud fìsica y mental.

Con el tiempo aprendí a controlar y reprimir mis sentimientos. Expresarlos era cosas de maricones. Revolotea en mi mente, la tan trillada frase: “los hombres no lloran”.

Con el tiempo me inculcaron que Dios castiga, que está siempre pendiente del mal que haces. Que si te portas bien irás al cielo, de lo contrario terminarás en el infierno, que es un lugar de llanto y crujir de dientes. Donde el fuego no se apaga y que son terribles los tormentos.

Me inculcaron, con el tiempo, sentimientos de culpa. Era yo el culpable de las desgracias de los demás y, sobre todo, de las desgracias referentes a mi madre. De su depresión, de su infelicidad por no ser lo que ella quería que fuere.

Con el tiempo me hicieron asimilar que el sexo era pecado. Que solo se podía practicar dentro del matrimonio, católico, por supuesto. Que era un mal menor, solo dirigido a la procreación. Practicado entre seres del mismo sexo, era una aberración castigada por el Padre Eterno, con los grandes suplicios del infierno.

Con el tiempo…..

Todo ese peso que recogí a lo largo de un tiempo vivido, me comenzó a pesar y sobre todo impedir mi vuelo, mi alto vuelo. Me hizo sentir un vacío interior y un sin sentido.

Comencé a valorar el estar bien conmigo mismo, a sanar heridas que impedían que viviera a plenitud mi existencia. A perdonar y, sobre todo, a perdonarme. A reconciliarme con mi pasado, con mi historia, asumirla, integrarla. Gracias a todo lo vivido soy lo que soy hoy, pudiendo siempre mejorar.

Retomé la escritura, la lectura y sobre todo el contacto con la naturaleza. A estar en silencio ante la maravilla del mundo. A contemplar. A entrar en mi misterio, en mi mundo interior.

Comencé a expresar mis sentimientos y estados de ánimo. Primero con temor, después con más confianza. Experimenté lo liberador de hacerlo sin temor al “qué dirán”. Siempre yendo de la mano con la prudencia.

Valoré mi compañía y me convencí que para servir, ayudar a los otros me debo amar a mi mismo, que no soy el salvador del mundo y cada quien tiene su puesto, su responsabilidad en este amplio universo.

Descubrí el rostro de un Dios padre que ama y no condena, que quiere lo mejor para mí y para los que me rodean. Desvelé tantos mitos y mentiras que se han inventado sobre él para acallar conciencias y justificar la violencia, las guerras, en fin, el mal. Que la vocación fundamental del hombres es la felicidad.

Asumí que no soy el culpable del mal de los otros. Que cada quien tiene que asumir las consecuencias de sus actos sin culpar a nadie. Todos tenemos el poder de decisión y podemos equivocarnos al ejercerlo. El problema no es equivocarse, sino no asumir que nos hemos hecho.

Experimenté en carne propia que el sexo es la expresión más profunda de dos seres que se aman. Una entrega total, sin importar el sexo de los mismos.

Tantas creencias asumidas y aprendidas me hacían pesado el andar, impedían mi volar, destruyendo mi creatividad. Aún queda mucho camino por recorrer y mientras lo hago, me voy deshaciendo de todo lo que frena mi andar sereno al lado de los seres que amo, respeto y quiero.

Gran maestro el tiempo.

2 comentarios sobre “Con el tiempo

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