Carta a un hijo (relato)

Al abrir la puerta del apartamento la nostalgia y la tristeza me dieron la bienvenida.

Entré y me dirigí al salón. Me dejé caer en el amplio sillón en el cual se solía sentar. En el aire podía percibir aún su olor. Cerrando mis ojos, dejándome llevar por el silencio, pude escuchar su risa, su voz, su canto.

Le había prometido que después de su entierro abriría la carta que me había entregado. Ahí estaba, sobre la mesa del salón. Un sobre blanco marfil. Lo miré y me quedé pensando.

A mi mente acudieron los últimos instantes de su existencia. No sé cómo, pero me encontré de nuevo en aquella blanca habitación. Pude ver de nuevo el crucifijo que pendía detrás de su lecho. Los lirios que con su fragancia querían borrar el olor acre a medicinas varias. Típicas de estos lugares. Respiraba con dificultad mientras tomaba mi mano entre las suyas.

Hijo – me dijo – es el final. Me duele dejarte, pero sé que te estarás bien. He vivido lo suficiente y estoy contento con ello. No fui el mejor padre, lo reconozco, pero te dí siempre lo que creí que era lo mejor para ti. Fue el amor mi única motivación. Ahora parto, me encontraré de nuevo con tu madre. Desde aquel lugar de luz oraremos por ti. – Un golpe de tos interrumpió su discurso – .

Mi viejo – le dije – no se fatigue. Descanse. Yo estoy aquí y le acompaño ¿Quién le ha dicho que es final? Ya verá que se recuperará y pronto nos iremos de nuevo a casa – una lágrima traicionó mi deseo de mantener la calma –.

¡Ay mijo! – díjome con lágrimas en los ojos – no se te dio nunca bien el mentir. – esbozó una sonrisa – Lee la carta que te entregué después de mi funeral. No pido ni quiero nada, solo poder reposar al lado de Rosa. ¡Dios te bendiga!

Extendió su mano temblorosa y me hizo la señal de la cruz en la frente. En ese preciso instante expiró. Tomé su mano, la besé y comencé a llorar como un niño.

¡Viejo querido!, ¡mi viejo querido! – dije entre sollozos mientras bañaba su mano inerme con mis lágrimas.

Un ruido me trajo de nuevo a mi realidad.

Jesús soy yo – se escuchó la voz de Verónica en la entrada del apartamento – Vengo solo a buscar la lista y me voy a realizar la compra ¿Quieres algo en particular?

Tardé unos segundos en responder. Me sequé las lágrimas. Carraspeé para aclarar mi voz y le respondí tratando de mantener la compostura: ¡No Verónica!, gracias. Ve tranquila a hacer la compra, pero por el almuerzo no te preocupes, no voy a almorzar. No tengo hambre. 

Pues no me parece bien – se acercó al salón – tienes que comer algo. Ya es una semana que estás en ese plan. A ver si te vas a enfermar – su voz era dulce y acogedora –

Tranquila mujer, no te preocupes, además, perder algunos quilitos no me caerìa mal.

Se acercó y me dio un fuerte abrazo.

Te quiero mucho mi niño – me dijo mientras comenzaba a llorar – Mejor me voy porque si comienzo a llorar y no me para ni el Padre Eterno. Me dio un beso en la frente y se marchó.

Miré de nuevo el sobre. Me levanté y me serví una copa de vino tinto. Antes de sentarme de nuevo me dirigí hacia mis CDs. Mi mirada se centró en “Le Onde” de Ludovico Einaudi. Lo tomé entre mis manos. Lo coloqué. Cuando comenzó la música me fui de nuevo a la butaca tomando el sobre en una mano, mientras sostenía en la otra la copa de vino. Di un sorbo al tinto. Dejé la copa en la mesa cercana. Con un fuerte respiro abrí el sobre y comencé a leer.

Querido hijo.

Si estás leyendo estas letras quiere decir que ya no me encuentro en este mundo. Ahora mismo estaré al lado de tu madre y desde aquel lugar te estaremos viendo y bendiciendo – sonreí espontáneamente –.

Siempre fuiste un niño especial. Tu sensibilidad, en ocasiones, nos dio temor porque sabíamos que estabas expuesto al mal que te podían hacer otros. En algunas ocasiones fuimos duros contigo. Queríamos que fueras más fuerte, pero nos equivocamos con tanta dureza. Te pido perdón por ello hijo. Sé que fui muy fuerte y exigente contigo.

Agradecerte quiero todos los cuidados que has tenido conmigo en estos últimos años, sobre todo tras la muerte de tu madre. Dura experiencia que gracias a ti pude sobrellevar con dignidad.            

Sé feliz hijo mío. Sobre todo está en paz contigo mismo, con tu conciencia. 

Sobrelleva las situaciones de la vida con dignidad y no te aflijas ante las pruebas. Recuerda que el hombre se forja a través del horno del sufrimiento. Los fracasos son oportunidades, no catástrofes. 

Sé noble y educado siempre, recuerda que la humildad es la virtud de los sabios.

Existen dos caminos para llegar al éxito, uno corto, otro más largo. 

El corto se basa en ser adulador e hipócrita. En aparentar, en escalar pasando por encima de los demás, derrotándolos. El lema de este camino es “el fin justifica los medios”. Llegarás a la cumbre, pero habrás perdido tu personalidad y el respeto para contigo mismo. Será un llegar efímero que poco a poco, como llegó a tus manos se irá, dejándote en la peor de las miserias. La miseria humana. 

El otro camino más largo se basa en “ser tu mismo”. En el trabajo duro y responsable. En dar lo mejor de ti, sabiendo que hay siempre cosas que mejorar en tu vida. No sintiéndose mejor o superior a los demás, tampoco peor o inferior, sino diferente. Dando una mano a quien tiene necesidad sin esperar que pida ayuda. Siendo prudente en tu hablar y ubicándote donde quieras que te encuentres. Alcanzarás el éxito y este será duradero reforzando tu personalidad. Serás recordado como un hombre justo.

Las lágrimas corrían mi rostro mientras leía. Dejé de leer un instante. Tomé de nuevo la copa y lento bebí un trago. Sentí como el líquido quemaba mi garganta y mis entrañas. Dulce placer que se confundía con mi pena, con mi dolor, con mi pérdida. Entrecerré mis ojos y me dejé llevar por la música. Mil veces había escuchado Einaudi, mas esta vez lo sentí más mío, penetrante. El sonido de su piano calaba profundo. Abrí mis ojos, después de un profundo suspiro, proseguí la lectura.

La vida es corta hijo mío. Es una oportunidad única que nos ha sido regalada, por eso no la malgastes en odios y rencores. Perdona. El perdón es el bálsamo que sana las heridas del alma dándole alas para volar alto.

Te conozco y sé que eres espontáneo, abierto, expresivo. Sé prudente siempre en tus relaciones y no te fíes a la primera. Ya has tenido experiencias negativas al respecto y no terminas de aprender la lección. Ten cuidado hijo de mi alma. 

Bastaba solo verte y ya sabía lo que te sucedía. Tratas de ocultar lo que sientes, tus sentimientos, mas vano es tu esfuerzo, pues eres transparente cual cristal. Sé que esto te ha hecho sufrir y no poco. Conserva esta cualidad ya que es el antídoto contra la hipocresía. 

Cultiva tu espíritu siempre con la lectura, la meditación, la contemplación, el silencio. Expresa todo a través de la escritura, como lo has hecho siempre. Para ti, lo sé por cierto, escribir es vivir. Pues hazlo siempre. Y pensar que alguna vez tu madre y yo te lo impedimos, te lo prohibimos. No sabíamos cuánto era importante para ti escribir, ni el valor de la misma. Perdona nuestra ignorancia y gracias por habernos desobedecido.

No tengo riquezas que dejarte. Todo lo que tuve en la vida fue con esfuerzo, sacrificio y trabajo duro. 

Gracias a ti viví en paz los últimos días de mi existencia. Solo me queda el orgullo de haber dejado en el mundo una parte de mí que aún vivirá en ti. Un hijo a quien amo y amaré por siempre.

Dios te bendiga.

Alejandro 

Con los ojos llenos de lágrimas alcé la copa. Invoqué el nombre de aquel ser extraordinario por medio del cual había recibido el don de la vida.

¡Salud viejo! ¡Gracias! Simplemente ¡gracias! Qué en paz descanses. 

Mi mirada se perdió a través de la ventana. Einaudi seguía acompañándome a través de su melodía. En el fondo me sentí feliz. Sí, feliz a pesar de mi dolor, de mi tristeza. Gracias a mi padre y a mi madre soy lo que soy ahora.

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