Virginia Woolf (relato)

Con cierto nerviosismo cerraste la carta. La dejaste en la mesa que está delante de la puerta de entrada, donde Leonard pudiera verla apenas entrara de su trabajo.

Sin perder tiempo te dirigiste al torrente. Ese torrente que varias veces acompañó tu inspiración. En sus orillas nació el personaje de tu novela favorita: “La Señora Dolloway”.

Nadie te vio salir. Silenciosa cruzaste la puerta y te adentraste al bosque en dirección al río.

Un día pleno de luz. El astro rey se hacía presente con todo su vigor, aquel 28 de marzo del 1941. Los aromas de la recién llegada primavera lo envolvían todo. Era un día perfecto para cumplir lo que te habías cometido.

El canto dulce de un ruiseñor te hizo detener de repente. Lo buscaste con tu vista hasta encontrarlo. Ave hermosa que siempre habías admirado. Cerraste tus ojos para disfrutar al máximo tan hermosa melodía. El viento fuerte del este, te trajo de nuevo a la realidad y retomaste tu camino.

A tu paso las flores silvestres te saludaban. La maleza jamás te había visto con tanta premura. ¡Alguna idea tendrá!, ¡alguna musa ronda su cabeza!, pensó el fantástico cedro que acariciaste mientras pasabas.

El Ouse estaba crecido. La corriente era particularmente agitada aquel día.

Un escalofrío te estremeció, mas no quisiste pensar demasiado. Te acercaste a la orilla y comenzaste a recoger algunas piedras metiéndolas en el bolsillo de tu vestido.

En aquel instante te vino en mente la figura de tu madre moribunda. Contabas tan solo con trece años de edad. Fue un dolor intenso que te hizo sufrir tu primer ataque depresivo. Te sentiste sola. La vida te había arrancado al ser más querido cuando más lo necesitabas ¿Por qué? te preguntaste. La respuesta a tu súplica jamás llegó. Aprendiste a convivir con tan cruento dolor.

Miraste de nuevo el río. Diste otros pasos y de nuevo te agachaste para asir otras piedras. Otro recuerdo vino a tu memoria, tu padre aquejado, dolorido por un cáncer terminal. La vida de nuevo te daba otra cachetada. Tu profunda sensibilidad te hizo sufrir el doble. Escuchaste de nuevo, en ese instante, los gritos de tu padre. ¡No me dejes, te lo pido! Suplicaste en el lecho de muerte. Él tomó fuerte tu mano y expiró. Otro pedazo de tu vida arrancado. De nuevo entraste en el túnel profundo y oscuro de la depresión. Sufrimiento, soledad, impotencia, tristeza profunda, hasta que pudiste, a duras penas, superarla.

Trastorno bipolar, te diagnosticaron. Te refugiaste en la escritura, en tu producción dando a luz obras maestras literarias.

Otros pasos más en el río, otras piedras recogiste introduciéndolas en los bolsillos de tu abrigo. Miraste al cielo, era particularmente celeste aquel día. Te sentías cansada, agotada, destruida. En ese momento otro recuerdo vino a tu encuentro: Leonard, tu Leonard, tu gran amor.

En estos momentos estaría por llegar a casa. Lo amabas demasiado para que siguiera sufriendo. Cuánta paciencia había tenido con tus ataques de pánico, con tu temor constante. Según pasaban los días las voces que escuchaba dentro de su cabeza habían aumentado. Su mayor temor era la locura. ¡No! No podías permitir que sucediera de nuevo. No tenías fuerzas para seguir.

Te descalzaste, con los pies desnudos entraste al río. El agua aún fría te hizo estremecer. Seguiste con pie firme hasta que no pudiste sentir el fondo y te abandonaste. La corriente te arrastró. Tu cuerpo inerme no opuso resistencia. Tus pulmones comenzaron a llenarse de agua. Una angustia profunda sentiste y después una gran quietud, una gran paz. El afluente te acogió en su regazo ahogando para siempre las voces que te atormentaban, tu sufrimiento, tu desolación, tu impotencia, tu depresión.

Al llegar Leonard encontró la puerta abierta. Se extrañó de este hecho. Lo primero que vio fue la carta la cual tomó con premura. Reconoció la grafía perfecta de su amada esposa: “A ti querido amor. Perdóname”.

Con manos trémulas la abrió y comenzó a leer:

Adorado Leonard

“Siento que voy a enloquecer de nuevo. 

Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. 

Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. 

Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. 

Quiero decirlo — todo el mundo lo sabe — .Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. 

No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo” (Virginia Woold).

Virginia, ¡nooo! – se escuchó un grito profundo –

Corrió sin tregua hasta el río. Encontró sus zapatos en la orilla. Se desplomó impotente sabedor de lo que había sucedido. Llorando lo encontraron abrazado a su carta y al par de zapatos de quien fuera su único y verdadero amor.

No tuvo descanso hasta que encontraron su cuerpo el 18 de abril. Casi un mes de su suicidio. Sus cenizas la sepultó a la sombra de aquel cedro que se encontraba en el camino. Árbol particularmente admirado y querido por quien fuera su gran amor.

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