La tinaja de Magdalena

La tinaja destilaba el agua contenida.

Paciente, sin prisas, dejaba escurrir aquel preciado líquido, privándolo de cualquier tipo de impurezas y dejándolo fresco, sabroso.

Segura estaba de su función, nada simple, vital.

Era su mayor recompensa ver el rostro de gozo, de satisfacción de los que se refrescaban de ella, sobre todo en los días tórridos o después de una jornada de trabajo duro.

No se sentía para nada excluida aunque se encontraba en un rincón. Estaba en perfecta armonía con los fogones, la leña, el fuego, la mesa rústica, las ollas y palanganas, sartenes, las sillas de madera oscura, el hule de cuadros rojos y blancos, la cesta del pan, los pocillos de barro, el vino casero, los platos de peltre armónicamente colocados.

Se deleitaba con la voz de Magdalena, mi abuela querida, mientras preparaba los suculentos banquetes: arroz, guisos, caraotas*, tajadas*, arepas* , pan recién hecho, sin olvidar el café que nunca faltaba. Aromas que se mezclaban y podían impregnar toda la casa, el cálido hogar anónimo en medio de los Andes venezolanos.

Su mayor alegría era ver la cocina repleta a la hora de la comida, risas, cantos, diálogos entretenidos, alguna que otra discusión o disgusto, nada que no terminara con un almuerzo o cena. Niños, ancianos, jóvenes, adultos se mezclaban. Ella siempre pronta en su oficio, nunca estaba vacía.

Solía escuchar con atención a Magdalena que tenía un sillón muy cerca de ella. Se había creado una intimidad entre ambas. Guardó sus lágrimas, sus sufrimientos, angustias, penas y más profundos dolores. Admiró aquella mujer como a ninguna. 

Vio crecer generaciones, niños que se hicieron jóvenes; jóvenes, adultos; adultos, ancianos y ancianos que llegaron al fin de su vida, entre ellos su amiga íntima y confidente.  

Pasaron los días, con ellos los años. Una soledad profunda descendió en aquel lugar. Las tinieblas lo poblaron. No se oyeron más risas, cantos, voces…. Lo que jamás había sucedido, sucedió. Sin su preciado líquido se quedó y en silencio se secó. No terminaba de entender lo que estaba acaeciendo. El despiadado tiempo comenzó a destruirlo todo. 

Ruidos fuertes una jornada escuchó, todo comenzó a caer. Miedo profundo, de un empujón al suelo cayó, en mil pedazos se convirtió. Lo que una hermosa vivienda fue, en un montón de escombros se transformó.

Todo, absolutamente todo tiene un principio y un fin. 

Aquella hermosa y útil tinaja, en mi mente y corazón grabada quedó. Uno de los pequeños tesoros que conservo y en ocasiones en sueño regresa a mi memoria. De nuevo me refresco con su agua limpia, veo a Magdalena en sus tareas caseras, correteando las gallinas para sacarlas de la cocina, desgranando el maíz, haciendo las hallacas*, sopas… Alegrándome con las voces infinitas, los aromas, los colores, los sin fin de sabores, de una cocina suculenta andina. 

* Caraotas: Frigoles negros.

* Tajadas: Bananas maduras cortadas en rodajas y fritas.

* Arepas: Torta pequeña de maíz, asada.

* Hallacas: Comida típica de navidad. Un bollo de maiz relleno sea de carne o pollo, aceitunas, alcaparras, etc. Envuelto y cocido en hoja de plátano (banana) 

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