Marina, la historia de un amor

La tarde daba paso a la noche. Las nubes jugaban con el rojo y naranja del día que se despedía. Del sol solo se observaba la mitad, ya que la otra mitad se había ocultado, dando luz a parajes desconocidos.

El mar en calma con su ir y venir de olas. Las gaviotas volaban desafiando las corrientes de aire. Algún que otro pelícano se zambullía para luego resalir a la superficie sacudiendo sus plumas mojadas, saboreando su exquisita cena. Un variopinto de colores que se reflejaban en el agua, daban al paisaje un toque mágico, melancólico, solemne.

Ella oteaba al horizonte. Su mirada se perdía a lo lejos. El viento jugaba con su vestido celeste, enredando su pelo ondulado, oscuro como el ébano puro. Ajena a todo lo que le rodeaba, solo miraba, observaba concentrada en un punto lejano. ¿Quién sabe donde? A cierto punto bajó su mirada, mientras abundantes lágrimas comenzaron a bañar su moreno y hermoso rostro.

¡Marina!, ¡Marina!, – se escucha una voz a lo lejos – alguien la llama. Ella no se percata y sigue encerrada en su mundo de dolor y llanto.

Siente unas manos cálidas que sostienen sus hombros.

Marina, ¡gracias a Dios te encuentro! – le dice la voz dulce y cálida de su madre – acto seguido la abraza, acariciando y ordenando sus cabellos.

Ven conmigo, mi niña. Vamos a casa cariño. – La invita hablándole al oído –

¡No mami! No me puedo ir, Alberto está por llegar. Mira, mira, allá viene su barca madre, allá, allá a lo lejos, ¿la ves? – le dice mientras señala con su mano –

Sí mi vida, ya viene, tesoro. Mejor vamos a casa y lo esperas ahí. Le preparamos la cena y de seguro estará contento de verte – dísele su madre y no puede contener las lágrimas que, escondidas versa detrás de su amada hija –

¿Tu crees mami? – le dice mientras se voltea – ¿por qué lloras? ¿qué te sucede? – le pregunta mientras la mira a los ojos –

Es el viento mi vida – le responde Rosa tratando de recobrar la calma –

Poco a poco Rosa conduce a su hija a casa. Al llegar Alejandro la está esperando

Gracias a Dios la has encontrado. ¿Dónde estaba? – le pregunta su marido – Ella le hace señal de estarse tranquilo y no preguntar nada.

Estaba tomando aire, ¿verdad tesoro? – dice Rosa en tono neutro dirigiéndose a su hija –

Sí papi – dice Marina – ya viene Alberto. He visto su barca que llega. ¿Quizás que habrá sucedido? Se le ha hecho tarde. Me pondré bella para cuando llegue. Voy a mi habitación a arreglarme – apresurada se dirige al cuarto –

Rosa y Alejandro se miran en silencio. Se abrazan mientras Rosa rompe el llanto, seguida de las lágrimas silenciosas de su marido.

No sé que vamos a hacer. Esto es tan doloroso – exclama Rosa –

Tranquila mujer, todo se solucionará – le responde Alejandro mientras acaricia su pelo – él mismo quiere convencerse de sus palabras.

Voy a por ella – le dice Rosa mientras se seca las lágrimas –

Al entrar en la habitación encuentra a su hija acurrucada en la cama.

Lento se acerca, acaricia su frente y se mete con ella en el lecho. La abraza fuerte.

¿Por qué mamá? ¿Por qué Dios me ha castigado? ¿Qué he hecho yo para merecerme esto? – llorando en silencio se aferra a los brazos de su madre –

No has hecho nada malo cariño – le dice mientras besa su cabellera – así es la vida.

Todo ha sido culpa mía – dice Marina –

No, no tesoro, no ha sido culpa tuya. No digas eso por favor – le insiste su madre, tratando de tranquilizarla –

Discutimos aquel día mami. Le dije cosas feas y le ofendí. Después tomó su barca y se marchó. Tuve miedo y salí corriendo, pero cuando llegué al puerto ya se había ido. Después vino la tormenta. Todo estaba oscuro. Regresé a casa y le pedí a la virgencita que lo cuidara. Fue terrible aquella noche mami – seguía contando aferrada aún más fuerte a los brazos de su madre – A cierta hora de la madrugada sentí un dolor intenso en mi corazón y ahí fue cuando comprendí que ya no era mío. Que lo había perdido para siempre – comienza a llorar fuerte – Salí de nuevo al puerto. Corría, corría mientras la lluvia desgarraba mi alma. No me importaba nada. Lo quería tanto mami, era el amor de mi vida – un suspiro profundo ahogó su respirar – Tuve toda la noche en el puerto. María me encontró y me trajo de nuevo a casa al despuntar la Aurora.

Llora, llora, amor mío. Desahoga todo ese dolor que sientes dentro – le dijo Rosa con ternura –

Cuando lo dejaron en mi regazo sentí en el corazón una daga profunda. Besé su frente, esa frente amplia, serena y hermosa. Besé sus labios. Esos labios que un tiempo eran dulces, carmesí, cálidos, se habían tornado fríos, morados y con sabor a sal. El sabor de la muerte pude apreciar en aquel instante.  Con mis lágrimas limpié su rostro. Ese mi amado rostro. Que cada mañana lo encontraba frente a mi al abrir mis ojos. Lo estreché mami, lo estreché a mí, porque ese cuerpo era mío, mío, mío. ¡Oh Dios! ¿por qué te lo llevaste? ¿por qué no nos concediste la muerte a los dos? ¿cómo hago yo para vivir sin su calor, sin sus besos, sin sus caricias? – gemía desesperada – 

Besé sus manos, mami – le dijo mientras tomaba las suyas acercándola a sus labios – Esas manos que me acariciaron, que arrancaron de mi piel las más hermosas sensaciones. Que fueron mi abrigo, mi ilusión, mi sostén, mi todo…..

Ya mi niña, ya mi tesoro – le dijo Rosa que sentía un dolor inmenso al sentir, palpar, ver el dolor de su amada hija –

Trata de dormir. Trata de reposar. Mañana te sentirás mejor – le dijo – Estaré aquí contigo 

Exhausta Marina se durmió.

Tres horas después, Rosa muy lentamente se levantó dejando a su hija dormida. Se dirigió a su habitación donde la esperaba su marido.

Pobre creatura – dijo mientras entraba – me parte el alma verla así. Creo que debemos llevarla fuera de la isla por algún tiempo. No sé, un viaje, algo para que se pueda distraer. Temo por ella– se sentó en la cama dando la espalda a su marido –

Creo que sea una buena idea mi vida – díjole Alejandro mientras la abrazaba – Ahora tratemos de dormir, mi vida mañana será otro día.

Como de costumbre Rosa se levantó temprano y lo primero que hizo fue ir a la habitación donde estaba su hija.

Al abrir la puerta no la encontró en su cama. El viento jugaba con la cortina mientras tímidamente entraban los primeros rayos de sol calentando la habitación vacía. Temió lo peor. Salió corriendo, desesperada llamando a su hija.

¡Marina!, ¡Marina!, hija ¿Dónde estás? – comenzó a gritar al viento –

Alejandro se unió en su búsqueda. Muchos al escucharlos se unieron también. Nunca más se supo de ella.

Algunos la vieron que se dirigía a los acantilados. Su cuerpo nunca fue encontrado.

Cuentan que en las noches de luna llena, cuando la mar está en calma, se puede escuchar un gemido, un llanto y ver, a lo lejos, allá arriba en aquel cerro, cerca de la cruz de madera, la una figura de mujer oteando al horizonte. Dicen que es Marina que aún llora la pérdida de su amado Alberto.

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