La mártir

Miré a través de mi ventana. Mi mirada se perdió en el basto y variopinto horizonte. Aves volaban majestuosas a lo lejos. El sol se dirigía al ocaso. Lento, hermoso, majestuoso. La brisa fresca de la tarde se hacía presente dando al todo un toque mágico y acogedor.

Quise solo sentir y dejar fluir. Que mi ser íntimo se expresase en todo su vigor. 
Como en mis íntimos momentos me acompaña el compás de Einaudi. En esta ocasión: “Le onde” Melodía nostálgica, con un toque de tristeza y melancolía. Óptima opción.

Respiro profundo y no sé por que razón me viene el aroma del mar. Puedo degustar el salitre que fluye en el ambiente y hasta oír las olas en constante movimiento. Quietud y silencio me embargan mientras las notas del piano me embelesan. Mi respiración se hace lenta. Cierro mis cansados ojos.

Poséeme la musa con su brazo fuerte estrechándome a si. Déjome, entrégome por completo a su inspiración embriagante.

Una vez tuve un cuadro que su autor (Paul Delaroche) tituló “La joven mártir”. Su título original: “Joven mártir ahogada en el Tíber durante el reinado de Diocleciano”. Tuve la fortuna de admirar el cuadro original en el museo del Louvre en París, tantos años atrás. Aquel cuadro me impactó. Estuve horas y horas contemplándolo. Aquella figura femenina que flota en el Tíber con sus manos atadas y rostro angelical. Una luz invade su cuerpo, mientras el agua es oscura como el mal mismo. Ese mal que la llevó a la muerte. En la orilla se aprecia una figura, quizás su verdugo. 
Sobre el rostro de la mártir una aureola, signo de santidad. Sus cabellos se dejan llevar por la corriente del río al igual que su ropaje. No hay lucha, no hay dolor, solo abandono, entrega total. Entre la oscuridad resalta su cuerpo joven a la deriva. No más llanto, no más dolor, no más sufrimiento….. La muerte besa su frente de nácar completamente iluminado.

Soy curioso por naturaleza e investigué acerca de su autor: Paul Delaroche quien nació en París en 1797, en plena resaca de la revolución y provenía de una familia burguesa. Fue bautizado con el nombre de Hippolyte, el cual cambió después por el de Paul. Resulta ser que el rostro de “La Mártir” es el vivo retrato de su esposa Anne Louise, muerta unos diez años antes de que se realizara esta obra. De dicha pérdida nunca se repuso, sumiéndolo en una profunda melancolía hasta el día de su muerte, acaecida pocos años después de pintar este magnífico cuadro. Por lo mismo, podríamos suponer que el inconsolable Delaroche pintó a esta joven yaciente como un tierno homenaje a quien consideró y fue “el amor de su vida”.

Todos tenemos una historia que nos seña la vida, de una u otra forma. Esa historia dolorosa que algunos los hace más humanos y a otros….no tanto. ¿Qué es lo que influye en ello? misterio profundo.

Confié en el ser humano y me defraudó. Pensé que era su amigo y me utilizó. Solo serví para sus intereses mezquinos. Abrí mi corazón pensado que podía hacerlo y fue la decepción quien me dio los “buenos días”. Me vi implicado en disputas, en discusiones estúpidas. Me vi de frente al egoísmo, a la misma miseria y el mal que eso produce. Me di de bruces con una cruel realidad y mi tentación fue retraerme, entrar en mi pequeño mundo, cerrarme en mi coraza, para poder sobrevivir. Dura realidad. “Bienvenido a este mundo” alguien me diría pero….. ¿es así realmente? Me niego. Quizás soy un pobre iluso que aún confía en esta humanidad, aunque ello me lleve al dolor y la decepción. Quizás ese fue el dolor de la “mártir”, quizás ello le llevo a la muerte. Confiar en una humanidad aunque todo le diga lo contrario. Aunque su tentación sea la “ley del talión” ¿no es esto lo que está acabando con la existencia humana?

Continúo contemplando el horizonte que ahora se torna ocre. Mis pensamientos se pierden en un oscuro ángulo de mi memoria. Miro, observo, respiro….. fluyo. Quiero confiar. Quiero esperar…. mi pequeña esperanza continúa a darme los “buenos días”.

3 comentarios sobre “La mártir

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