Una rosa en el camino (Reflexión)

Extendí mi mano. La tomé. Me incliné y la olí. 
Cerré mis ojos para apreciar a fondo su fragancia. 
Me llevó a lejanos recuerdos de mi infancia. 
Sonreí espontáneo.
Suave acaricié sus pétalos. Parecían terciopelo.
Su color rojo oscuro, me habló de pasión, ternura, entrega total sin condiciones.
Acaricié sus espinas. La belleza no excluye el dolor.

Recordé la tan trillada frase: “no hay rosas sin espinas” y la canción de Arjona, “fuiste tú”, cuando refiere: “o aprendes a querer la espina o no aceptes rosas”. Gran verdad.

Llegamos a la vida llorando. Nos desprenden de ese lugar cálido, sereno, protegido que es el seno de nuestra madre y nos enfrentamos al misterio de la existencia. La cuestión es que si no lo hacemos morimos. Nacer o morir. Vida y muerte se dan la mano desde el comienzo de nuestra existencia. Así comienza nuestro peregrinar en este mundo.

A nadie le gusta sufrir (excepto los casos patológicos), pero sin querer sufrimos la traición, la decepción, la muerte, la ausencia, la partida, la enfermedad…
Hay diversas formas de vivir, de sobrellevar el dolor y el sufrimiento. El gran misterio es que, estas dos grandes espinas, a algunas personas las hace ser más “seres humanos”, plenos y a otros no. Todo lo contrario, los deshumaniza y los vuelve seres amargados. Capaces de vengarse en las personas que les rodean, aunque si éstas no tengan nada que ver con el dolor o el sufrimiento que han experimentado, sea en el presente o en el pasado.

¿Donde radica la diferencia? ¿Qué permite una cosa u otra? No creo que se resuma todo en ser creyentes o no. Tengo tantos amigos ateos o gnósticos que son extraordinarios amigos y compañeros, al igual que otros creyentes con un corazón que no les cabe en el pecho, de lo generosos y buenos que son.

La planta cuando viene podada tiene dos posibilidades. Renacer con más fuerza o secarse. La poda no es garantía de lo primero.

La rosa no es menos bella por tener las espinas. Es más, muestra orgullosa las mismas porque forman parte de ella.

Gran misterio que siempre he admirado. El misterio del dolor y del sufrimiento. Tema tabú, pero que al final todos padecemos.

Dejé la rosa que me llevó a esta reflexión y seguí mi camino. Cuando regresé alguien la había cortado. La habían arrancado. Se la habían llevado. En ese gesto encontré parte de la respuesta, solo una mínima parte: el egoísmo
La rosa podía dejarse ahí para que todos la admiráramos, pero alguien prefirió llevársela y solo él admirarla. 

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