El amor es simple (Relato)

El aroma a café se extendía por doquier. Se mezclaba con el del pan recién hecho. 

El día tomaba cuerpo, aunque si se presentaba gris.

Fuera una lluvia torrencial lo empapaba todo.

Siempre me ha gustado ver y escuchar el agucero. Tiene en mí un efecto relajante con un toque de nostalgia. Podría estar horas y horas contemplándolo.

Me senté en el zaguán de aquella vieja casa colonial.

Cuántas historias resguardarían aquellos muros.

Rosa me trajo una taza de café humeante, sabía cómo me gustaba. Recién coladito y sin azúcar.

— Gracias Rosa. Tan amable como siempre

— De nada, es un placer. ¡Vaya día! No se te valla a ocurrir salir con este tiempo. Ve que tu eres muy ocurrente. Te conozco como si te hubiera parido.

Sonreí ante aquella expresión cargada de mucho cariño.

— Tranquila mujer, casi te prometo que me quedo en casa — le dije sonriendo —

— Jmmmm, al final vas a hacer lo que te da la gana, lo sé. Solo te digo que tengas cuidado

Sin esperar respuesta se dirigió a su amada cocina.

Degusté aquel café sorbo a sorbo, mientras mi mirada se perdía al horizonte. Me levanté, dejé la taza en la mesita que estaba cerca y, sin pensarlo dos veces, salí fuera. El chaparrón comenzó a empaparme del todo, cosa que no me importó. Caminé sin rumbo. Solo quería deleitarme bajo la lluvia. Recordar mi infancia, cuando desnudo salía a correr sin importarme la tormenta. Extendí mis brazos, miré hacia el cielo y sentí cada gota que mojaba mi rostro. Me dirigí al pozo cercano. A sus orillas dejé mis vestidos y desnudo me adentré al agua. Indescriptible sensación. Al llegar a la otra orilla me recosté en una roca. Agradecí aquel momento, tan íntimo, tan mío. Recordé sobre todo un verso de “la canción de las simples cosas” (Armando Tejano Gómez/César Isella) “uno vuelve siempre, a los viejos sitios, donde amó la vida y entonces comprende, cómo están de ausentes las cosas queridas. Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso, que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo…” Qué gran verdad. Comenzó a amainar la lluvia. Un rayo de sol me iluminó, dejé que me acariciara, lo disfruté al máximo. Quizás cuando se iba a repetir este milagro. Hombre y natura unidos, madre e hijo en expresión profunda de afecto. No sé cuanto tiempo estuve ahí. Al darme cuenta estaba cayendo la tarde. Me zambullí de nuevo, nadé hasta la otra orilla, me vestí y comencé a regresar a casa. 

Al otro día partí, ya han pasado treinta años de aquello, más lo recuerdo como si fuera ayer. Aquella casa ahora solo existe en mis recuerdos, aquel paisaje, aquel café, aquel aroma a hogar, a afecto, a vida. De vez en cuando sueño con Rosa, aquella noble mujer que me quiso tanto, en cada despedida me repite: “solo te digo Omar que tengas cuidado, mira que eres muy ocurrente”. 

Sonrío en este momento frente a mi ordenador y repito en silencio: “El amor es simple y a las simples cosas las devora el tiempo….”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s