Nadie está por nadie

“Nadie está por nadie”, canta el viejo dicho.

Me resisto a creerlo, pero a veces cedo a la tentación de pensarlo seriamente.

Sobre todo cuando me encuentro con el puro y crudo egoísmo humano. 

Hacía la cola en un mercado para pagar. Cuando de repente entra un señor en una “Scooter Libercar”, estas sillas automáticas para personas diversamente hábiles. El hombre tenía bastante dificultad para poder coger la cesta de la compra. Dejé la cola y lo ayudé, cuando regresé, quise recuperar mi puesto y una señora, de unos sesenta años, se enojó y me dijo: 

— “¡No!  Perdiste tu turno”

Señora, yo estaba ayudando al señor, usted misma lo ha visto

Ese no es mi problema. Te fuiste. Perdiste tu turno, así de fácil — con un tono de enojo evidente —

La cosa me dejó descolocado y sin saber qué decir. La miré y me fui el último de la fila.

En Renfe, fui comprar un billete Gandía – Valencia. Llego a la máquina y lo compro. Con mucha vergüenza se me acerca una Señora de unos 80 años.

Disculpe usted, por favor, no sé cómo hacer el billete aquí y no hay nadie en la taquilla — (era un sábado a eso de las 8.00 am) 

Como no señora no se preocupe se lo hago yo

Es que ya en dos oportunidades le he dicho tanto a un chico y a un señor que me ayudarán y se molestaron, no me lo hicieron. Le chico hasta me insultó. Yo soy vieja y estas cosas me superan. Tengo que ir a Valencia a visitar a mi hija que está en el hospital y necesita que la ayuden

Tranquila, yo se lo hago. No se preocupe

En mi búsqueda de trabajo, una vez me fui al episcopado de Valencia. Al departamento de Educación Católica. Me habían recomendado ir ahí con todos mis papeles, ya homologados por el ministerio de cultura, educación y deporte español.  Ellos podían orientarme y dirigirme a Instituciones escolares para el empleo.

Entré a una amplia sala donde habían varios escritorios. En cada uno estaba sentado un sacerdote (tenían el clériman). Me acerqué a uno y me senté frente a él.

Con toda la educación posible le expuse mi caso. Que era un personal calificado ya que había realizado mis estudios de pedagogía en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma y que era ex sacerdote. Al pronunciar esta última palabra, cambió su actitud. 

Un momento — me dijo, mirándome a los ojos — ¿Tu saliste del sacerdocio y pretendes que ahora nosotros te ayudemos? — esto a pleno pulmón. En la sala se hizo un silencio sepulcral y todos nos miraron —

Vengo a buscar una orientación — le respondí lo más calmado posible — Tengo todos los documentos homologados. Tengo un doctorado en pedagogía y experiencia en la educación. Trabajé en Roma en la Universidad Pontificia… — no me dejó terminar la frase —

Esto es el colmo, tu te has ido, te has salido. Aquí no hay ninguna ayuda ni orientación para ti. Te recuerdo que eres un traidor. Te fuiste — el tono era alto y fuerte de nuevo, reproche total —, abandonaste, traicionaste.

Ya aquí mi paciencia llegó a su límite.

Mire usted — comencé a responder firme, mirándolo directamente a los ojos —

Es que

Es que nada, usted ahora me va a escuchar. Yo he venido aquí porque me han recomendado hacerlo. Se supone que aquí orientan. Soy una persona cualificada. Sé lo que valgo en el ámbito de la educación. ¿Traidor yo? ¿Pero qué se ha creído usted para juzgarme o condenarme? Antes que nada más respeto. No he venido aquí para que se me insulte o se me falte el respeto. Si me he salido del sacerdocio mis razones tendré. Al último que pienso hacer ahora es dar explicaciones de mis actos a usted. 

Acto seguido me levanté y salí de aquel salón. Mientras salía sentía las miradas en mi espalda. Caminé lento y con la frente en alto. 

Al salir del edificio me sentí mal. No me arrepiento de lo que he hecho en mi vida y mis razones he tenido delante de mi conciencia y Dios mismo. Me serené y en el fondo me dio mucha tristeza. La tristeza espontánea que te viene delante de seres miserables, que jamás han entendido en su vida lo que significa la palabra: compresión, misericordia y compasión. Se supone que son pastores. Allá cada quien con su conciencia. 

En estos casos concretos es cuando me viene la tentación de pensar que es cierto el dicho “nadie está por nadie”. Pero después pienso en tantos otros acontecimientos en los que me he topado con la compasión, con actos concretos de solidaridad y entrega al otro. Pienso en tantos amigos y amigas que tengo, que me han demostrado el afecto que sienten hacia mi persona, que sé que puedo contar con ellos en todo momento, mi misma familia. En la persona que me acompaña en mi vivir cotidiano, que me demuestra con su afecto y amor que este dicho no es verdadero. Capaz de dar tanto por mí y viceversa.

La diferencia la hace cada uno. No podemos actuar como actúa la mayoría. Que en mi pequeño mundo soy capaz de sacrificarme y tender una mano, de ser altruista, pues lo soy. Es parte de mí, es parte del “ser humano”.

4 comentarios sobre “Nadie está por nadie

    1. Muchas gracias Mamen. Es una realidad lo que dices, la cual creo. El criterio siempre será nuestra conciencia, no Dios. Es cómodo echarle la culpa a otro: sea Dios o diablo, o quien sea, hay que asumir nuestra vida, sea lo que sea y jamás convertirse en juez. Una dura experiencia, pero muy enriquecedora. Gracias por leerte, te mando un fuerte abrazo de mi parte
      Omar

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  1. Es una pena que no ejerzamos las mínimas formas sociales al tratar a los demás.El respeto a la dignidad del otro cada vez más se va perdiendo. El ser serviciales, comprensivos, atentos… son valores humanos que van más allá de cualquier cultura y sin embargo, el egoísmo, el desprecio, la indiferencia… van ganando terreno en las relaciones humanas. ¡Así nos está yendo!

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    1. Así es. Tienes toda la razón. No sé dónde vamos a parar. De mi parte quiero seguir haciendo el bien, siendo altruista, tratar a la gente con educación y respeto. Pase lo que pase. Quiero seguir confiando en el ser humano, en forma general. Gracias por tu comentario 👍🏽👍🏽👍🏽 Bienvenida siempre

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