La verdad (cuento)

Cuanta una antigua historia que en un pueblito perdido en los Andes Venezolanos, llamado Capacho, vivía un campesino llamado Rogelio. Hombre noble que todos querían y admiraban. Trabajador, buen padre, solidario. Su casa siempre estaba abierta para quien tuviera una necesidad y no faltaba un plato más en su mesa. Había crecido en medio de la pobreza y necesidad, pero poco a poco, con el sudor de su frente, fue estableciéndose y prosperando.

Se dedicaba a la cría de ovejas y a la agricultura. Cultivaba trigo que vendía a los silos del lugar. También cultivaba maiz, pero más para su consumo y el de sus animales caseros. 

Su esposa se llamaba Lucía, dedicada por entero al hogar y tenía cinco hijos: Alberto, Antonio, María, Luisa y Carlos. Este último adoptado, lo encontraron abandonado en medio del campo. Jamás se supo quienes eran sus verdaderos padres. Ellos se encargaron de él y siempre fue considerado un más de la familia.

Un día de mayo, una de sus ovejas, la más pequeña de su rebaño, se perdió.  Rogelio, con la ayuda de sus dos hijos mayores organizó su búsqueda. Temió lo peor, que algún lobo de la zona la hubiera matado y convertido en su almuerzo. Amaba a sus animales. Todo un día de búsqueda. Ya al caer la tarde, Rogelio se acercaba a las faldas de la montaña y escucho un ruido. Puso más atención y vio al animalito. Estaba atrapado en medio de unas rocas. 

¡Ay Gertrudis hija mía! — le dijo con ternura — ¿pero donde te has metido? A ver si logro sacarte sin romperte una pata.

Llamó a sus hijos y comenzó a sacar el animal del atolladero en donde se encontraba. 

Con la ayuda de un palo, pudo librar al animal, pero cual no sería su sorpresa. En una de las rocas encontró encastrado un diamante. Con la ayuda de su machete, lo pudo sacar de debajo de la roca. 

¡Madre de Dios! — Exclamó — . Esto es un diamante. Grande y hermoso. No me lo puedo creer. 

Se metió la piedra en el bolsillo, cogió a Gertrudis entre sus brazos y regresó a casa. En el camino lo alcanzaron sus hijos. Todos contentos se pusieron a cantar. 

Al otro día temprano, regresó Rogelio con sus dos hijos a las faltas de la montaña, para ver si encontraban otros diamantes. Dura fue la búsqueda entre rocas, mas no encontraron nada. No importaba ya que con el diamante que habían encontrado, bastaba y sobraba. Lo habían valorado en varios de miles de millones de dólares. El terreno donde habían encontrado la piedra preciosa pertenecía a sus tierras, por ello no hubo problema alguno.

Pero las cosas nunca son como deben ser y el sueño de los envidiosos siempre es ligero, se despiertan fácilmente. La avaricia, la maldad, el egoísmo nunca son buenos consejeros.

En el pueblo habitaba un señor famoso por su riqueza, aparte de ser un ser avaro y envidioso. Se llamaba Lucas. 

Al enterarse de la noticia se molestó mucho.

¿Cómo es posible que ese zarrapastroso e ignorante campesino haya encontrado ese diamante? — se decía — Imposible. Además que el único rico en este pueblo soy yo. Esto no se puede quedar así. Lo juro por Dios que ese diamante será mío. 

Comenzó a organizar un plan para quitarle la piedra preciosa a su legítimo dueño. Fue a hablar con la autoridad civil de la zona, el cual también era juez y gran amigo suyo. 

Acusaron a Rogelio de que había robado ese diamante que era de Lucas. Este lo tenía en su casa y se le había desaparecido. 

Rogelio tenía todas las de perder y fue llevado a juicio. La gente creyó a Rogelio porque lo conocían y sabía que había dicho la verdad. El diamante apareció en su terreno. Lo apoyaban y fueron todos al juicio que se realizó en la capital. Tenía un buen abogado y confiaba en Dios. La verdad se haría presente. 

El juez tuvo temor ya que sabía que Rogelio era respetado y amado por todos. Tenía que organizar un plan perfecto para acusarlo y meterlo en la cárcel, de la cual difícilmente saldría. No sería fácil, pero lo lograría. Habían pagado a dos testigos (de dudosa moral), para que dijeran que habían visto a Rogelio salir de casa de Lucas en la madrugada del día que había aparecido el diamante.  

Llegó el día del juicio. La gente estaba pendiente del resultado del mismo. Todos a favor de Rogelio y en contra de Lucas. 

No es fácil este juicio — comenzó a decir el juez —, pero haremos justicia, eso se los puedo asegurar. Brillará a verdad y se descubrirá la mentira. Como somos muy creyentes, vamos a invocar la ayuda de Dios. Que se manifieste. Aquí tengo dos papeles, en uno está escrito: CULPABLE, en el otro INOCENTE. Cada uno tomará un papel y lo abrirá delante de nosotros. El que contenga la palabra CULPABLE irá directo a la cárcel. El orden será el siguiente, primero el acusado, es decir el señor Rogelio y el segundo será la víctima, en este caso el señor Lucas. 

Nadie sabía que el juez corrupto había escrito anteriormente en los dos papeles “CULPABLE”. En el momento en que Rogelio abriese el papel y lo mostrara, ya no habría que hacer nada más. Sería acusado.

Se creo un gran silencio en medio de la sala. 

Los dos se acercaron al escritorio del juez. Tomaron sus papeles. En ese momento, Rogelio, bajo el asombro de todos, introdujo el papel en su boca y se lo tragó. 

Una exclamación se escuchó en todo el recinto. 

Lo siento señor juez  — dijo Rogelio — No sé que me sucedió. Un impulso. Pero no pasa nada. El otro papel está en las manos de Lucas, que lo muestre y se sabrá quien es el culpable. 

El juez trató de echar marcha atrás pero no pudo. La gente comenzó a agitarse, entre gritos y consignas, le obligaron a continuar. 

Lucas con las manos temblorosas desenrolló el papel y lo mostró: “CULPABLE”

Ese día venció la verdad ante la mentira. El avaro Lucas fue a parar a la cárcel y Rogelio pudo disfrutar de la riqueza. Mejoró la escuela y el hospital de la comarca. Abrió un comedor popular para que fueran a comer los necesitados, los pobres. Creó becas para que los jóvenes responsables y estudiosos pudieran estudiar, ser profesionales.

Colorín colorado….

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