La particular historia de Daniel

Cuando Juan Aguilera supo que su mujer estaba embarazada, fue uno de los días más felices de su vida.

Los análisis, después de tres meses de embarazo, hicieron ver una cruel realidad.

Tu pequeño, tu angelito, ese pequeño pececillo que nadaba en el vientre de tu Laura, sufriría la síndrome de Down.

Fuerte fuiste en ese momento, no tenías alternativa, ante tu esposa querida.

Pueden ustedes escoger. Si la gestación quieren interrumpir, están en pleno derecho – les dijo claramente el galeno –

Los dejo para que piensen – a paso firme, el médico se dirigió fuera de la habitación –

Juan abrazó fuertemente a su mujer y se quedaron largó tiempo abrazados.

Perdóname – le dijo Laura con lágrimas en los ojos –

No tengo nada que perdonar amor mío, no es culpa tuya ni de nadie – le dijo con la voz más dulce que pudo, y en verdad estaba convencido de lo que decía –

Tenemos que decidir si interrumpir el embarazo o no Laura – le besó la mano mientras hablaba -.

Ella suspiró profundamente y miró el crucifijo.

Era católica pero no tanto practicante y mucho menos fanática. El fanatismo no lo aceptaba bajo ningún concepto.

Sentimientos encontrados, temores, preocupaciones, dolor. Todo se hizo presente en un instante.

Me siento muy confundida – dijo con un hilo de voz – Tiene que ser una decisión de los dos.

Démonos un tiempo y decidamos amor – le dijo Juan –

En ese momento entró el doctor.

Señores Aguilera ¿Qué han decidido? – les preguntó amablemente –

Queremos pensarlo doctor – le respondió Juan –

No más de un mes Sr. Aguilera. Después de cuatro meses la ley no permite la interrupción del embarazo. Relájense y decidan libremente. Me pueden avisar cuando así lo deseen. – Los acompañó a las puertas de la clínica – 

Señores…. hasta la próxima, espero vuestra decisión – Muy formal, el médico les extendió su mano y los despidió.

Era un día lleno de luz. El sol desplegaba toda su belleza. Juan y Laura decidieron ir andando a casa. Caminaban en silencio. Ella lo tomaba del brazo, como solía hacerlo siempre.

Él le ofrecía todo su amor y comprensión. La sintió frágil como nunca. Una mujer que se caracterizaba por lo firme y fuerte de su carácter. Le pareció que temblaba como una pajarito asustado.

De niña – comenzó a hablar Laura – soñaba con tener una familia numerosa. Muchos hijos la compondrían. Todos bellos, fuertes hermosos – hizo una pausa, Juan la escuchaba atentamente –

¿Recuerdas a mi tía Encarnación? – Le preguntó – 

Sí, claro que la recuerdo, hermana de tu mamá, casada con un militar, Constantino se llamaba, si mal no recuerdo. – le respondió Juan –

Sí, propio ella. Menuda bestia su maridito – le refirió –

Pues ella tuvo una niña con síndrome de Dowm. No existían, en aquella época los avances de ahora. Se dio cuanta el día del parto. 

La niña fue encerrada para siempre en una habitación de la casa. Yo supe de su existencia por un error.

Buscando a mi prima Anamary, sin ninguna malicia, pensando que se encontraba en esa habitación, la abrí e entré. 

Tuve que contener un grito de terror. Me encontré con esa niña amarrada a la cama. Escuchando el ruido que hice al entrar, se volteó. Sus ojitos, celeste como este cielo, me miraron tiernamente (aun lo recuerdo como si fuera ayer). 

Sentí tanta compasión por ella. Murmuró alguna cosa incomprensible. Grande fue mi terror que me fui corriendo a casa.

Al entrar en casa toda asustada y llorando, mi madre se sorprendió y se asustó. 

La abracé fuertemente. Me preguntó sorprendida: ¿a ver niña qué me le pasó, que me le hicieron? – casi estaba a punto de llorar también conmigo pensando que me habían hecho daño  – 

Mamá, he visto una cosa horrible – le contesté entre sollozos – 

Cuéntame por favor, no te preocupes, sea lo que sea cuéntamelo, mi niña.

Le conté lo que había visto. Después de un fuerte suspiro, mi madre, comenzó a hablar.

Laura, mi niña. Lo que has visto no lo debes contar a nadie. 

Tu tía Remedios tuvo esa niña casi contemporánea contigo. Esa niña tiene tu edad. Le vino con síndrome de down. A raíz de eso, Constantino se alejó mucho de ella, comenzó a maltratarla física y psicológicamente. La culpaba de haber tenido esa niña. Nadie sabe (o al menos pocos), de la existencia de ella. El marido decidió que fuera encerrada en esa habitación y que nadie la viera. 

Se avergonzaba mucho. Decía que era una deshonra, una vergüenza para la familia. ¿Qué podrían decir los vecinos, la sociedad? Nos hizo jurar que jamás diríamos, a ser viviente, de la existencia de la niña. 

¡Esto es castigo de Dios! ¡Eras tú quien merecía este castigo, no yo, por tener esa hija bastarda! – me dijo Constantino en aquella ocasión. Te tenía en mis brazos y te apreté a mi pecho. Sé que estaba dolido, pero esas palabras me quedaron taladrando en mi mente – .  

Mamá, pero no es justo – le dije casi gritando –

Esa pobre criatura encerrada y amarrada a una cama como sí fuera un animal.

Estoy de acuerdo contigo mi niña, pero no podemos hacer nada. – me dijo –

Después tomando mi rostro entre sus manos y mirándome fijamente a los ojos, me hizo prometer que no diría nada a nadie.

¿Alguien te vio entrar o salir de esa habitación? – me preguntó sin quitarme la vista de encima –

No mami, nadie – le dije mucho más tranquila.

Gracias a Dios – dijo, emitiendo un fuerte suspiro- ya sabes como es esa gente.

– Laura hizo una pausa y continuo diciéndole a Juan – La imagen de aquella niña encerrada y amarrada me quedò grabada para siempre en mi memoria. A veces sueño con ella.

Era una vergüenza para la familia. 

Laura se detuvo delante de un parque mirando a unos niños jugar. Después de una larga pausa dijo a su marido: ¡lo quiero tener! Sea lo que sea, lo quiero.

Juan la abrazó fuertemente y comenzaron a llorar.

Pues…. lo tendremos Laura y no será una vergüenza para nadie. Será nuestro hijo, nuestro ángel, nuestro amor, todo tiene su por qué en esta vida. Es una vida, un don de Dios y basta – poco a poco se dirigieron a su hogar.

Nació Daniel. Fue por espacio de 20 años la alegría de la familia. Afectuoso, atento, amable. El reflejo del amor que se sentían Laura y Juan que lo amaron, lo quisieron y jamás se avergonzaron de él.

A los pocos años nació Laurita, y Juancito, niños sanos y hermosos. Laurita fue la segunda madre de Daniel. Alberto su compañero de juegos y fantasías.

Poco a poco va el cortejo llevando una urna blanca. Así lo decidieron Laura y Juan, una urna blanca para aquel ángel de Dios.

Silenciosamente lloraban acompañando a Daniel a su última morada.

En silencio los acompañaban Laurita y Juancito.

En el cementerio del pueblo, hay una lápida con un ángel alado que sostiene un niño en sus brazos y un epitafio en el cual se puede leer:

“A nuestro Daniel, don especial de Dios. 

Expresión perfecta de nuestro amor. 

A lado del creador ora por nosotros. 

Siempre te quisimos, siempre te amaremos, 

vivirás siempre en nuestros corazones: 

Laura, Juan, Laurita, Juancito”.  

2 comentarios sobre “La particular historia de Daniel

    1. Mi amiga querida. Las cosas han cambiando mucho y le alegro. Aún hay mucho que cambiar. Pienso igual que tú, el amor de una madre es profundo, fuerte. Estos niños son seres especiales con una gran capacidad de amar. No enseñan y mucho. Gracias por tu comentario. Un fuerte abrazo 🤗

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