Renacer

Cuando la crisálida pensó que todo se había perdido, que había llegado a su fin, se resquebrajó y salió fuera la hermosa mariposa que llevaba dentro.

La vid se sentía seca, se veía sin hojas, cuando pensaba que ya no servía para otra cosa que alimentar el fuego, llegó la primavera y comenzó a retoñar, renacer. Orgullosa mostró sus mejores hojas y frutos.

La semilla que fue sembrada sintió morir dentro de la oscura y húmeda tierra. Una extraña sensación sintió y cuando menos lo esperaba, comenzó a germinar. Sus raíces se extendieron hacia abajo y sus ramas buscaron los rayos de sol.

La mitología nos presenta la figura del ave Fénix. Renace de sus propias cenizas. Experimenta la muerte, mas no todo queda ahí, sino que vuelve a la vida, más fuerte. Se decía que sus lágrimas eran curativas, que tenía una fuerte resistencia física, control sobre el fuego y una gran sabiduría. El fuego que significa creación y destrucción, vida y muerte. 

Todos en algún momento de la vida nos hemos sentido derrotados, que habíamos llegado al final. Cuando menos lo esperábamos comenzamos a resurgir. Tocamos el fondo del pozo y ese toque fue el impulso para salir de él, no sin dolor o fatiga, pero salimos. Se suele llamar a esa capacidad del ser humano de resurgir “resiliencia”.

“El hombre que se levanta es aún más fuerte que el que no ha caído” (Viktor Frankl)

Retomando la figura del ave Fénix, Ovidio llegó a explicar en sus textos que en Egipto, se tenía la creencia que esta ave mágica moría y renacía una vez cada 500 años. Se le relacionaba con Bennu, un ave asociada a las crecidas del Nilo, al sol, a la vida y la muerte. Según explicaban esta ave había nacido bajo el árbol del bien y del mal. Seguía un ritual meticuloso. Para construirse un nido, volaba por todo Egipto con el fin de recolectar elementos preciosos como lo eran: ramas de roble, ramas de canela, nardos y mirra. Una vez terminado se acomodaba en él. Entonaba un canto hermoso, mágico, jamás escuchado antes y acto seguido comenzaba arder, se abandonaba a las llamas que la consumían por completo. Tres días más tarde, renacía llena de fuerza y poder. Cogía su nido y lo llevaba a Heliópolis, depositándolo en el templo del sol. Iniciaba así un nuevo ciclo en el que inspiraba y protegía al pueblo egipcio.

Cada uno de nosotros debería desplegar sus alas para sobrevolar su universo interior en busca de las ramas de la autoestima (roble y canela), la flor de su motivación (nardo) y la resina de su dignidad (mirra), el terreno fértil de sus ilusiones y el agua fresca de su amor propio. Todos estos componentes nos van a ayudar a ascender. Teniendo en cuenta un aspecto muy importante, que habrá un final, que una parte de nosotros mismos se convertirá en cenizas, en los restos del pasado que nunca volverá. No obstante esas cenizas no se las va a llevar el viento, sino que formarán parte de nosotros. Renaceremos del fuego mucho más fuertes, más ágiles, más sabios. Alguien tal vez sirva de inspiración a los demás, pero que sobre todo nos permitirá seguir adelante con el rostro bien alto y las alas bien abiertas. 

2 comentarios sobre “Renacer

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