Nunca es tarde (historia)

Caminó en medio al bosque.

Se sentó en silencio debajo de una magnolia en flor. Atento estaba a todo lo que sucedía a su alrededor. Era la primera vez que lo hacía. Había sentido un profundo deseo de hacerlo y no lo pensó dos veces cuando tuvo la oportunidad. Nadie se percató de su ausencia.

Inmensidad de colores vinieron a su encuentro. Jamás les había visto así. Intensos, vivos, profundos. Observó la gran variedad de verdes que se mezclan en la natura. Dirigió su mirada al cielo y pudo observar tantos tonos de azules, quedó impresionado.

Cerró sus ojos y aspiró profundo. Se sorprendió con los diversos aromas que percibía. Algunos pudo identificar, otros no.

Tantos sonidos acudieron a su sensible oído: pájaros, insectos, aviones que pasaban a lo lejos, animales varios, el riachuelo que estaba a pocos pasos.

Se extendió y comenzó a palpar, con la palma de su mano, todo cuanto tocaba: hierva, tierra, rocas…

El sol tímido tocaba y entibiaba su cuerpo martirizado.

Sin querer vinieron a su mente tantos recuerdos del pasado. Sus padres, sus hermanos, la escuela, su primer amor, sus alegrías y penas, sus fracasos…

No pudo reprimir una sonrisa espontánea que dibujó su rostro. Tanta agua había pasado por debajo del puente de su existencia.

Las nubes comenzaron a cerrar el horizonte. Algún trueno se escuchó a lo lejos y de repente comenzó a llover.

Se desnudó y levantándose comenzó a caminar de nuevo. Sintió como la lluvia mojaba su cara, su pecho, su cuerpo en general. Extendió sus manos y comenzó a girar libre, riendo espontáneamente.

Una pregunta le asaltó de repente: ¿Por qué no he gozado de todo esto antes? Sintió tristeza de haber pasado su vida entre ires y venires, entre preocupaciones varias. No había tenido tiempo de nada. Le habían enseñado desde pequeño que perder el tiempo era pecado. Tenía que trabajar y producir. La avaricia había mordido sus entrañas y su objetivo era el acumular. Era un hombre de negocios con gran suceso. Pero ¿era feliz? se interrogó. ¡No! No lo era.

En aquel instante había probado un rastro de felicidad. Qué ironía. La vida es extraña – se dijo-

¿Dónde está Arturo? – preguntó el doctor Alberto a la enfermera de turno –

¿No está en su habitación doctor? – le respondió Lucía un tanto sorprendida –

Acabo de venir de su habitación y no está – le dijo el galeno en forma enérgica –

Pues no lo sé. Esta mañana temprano lo mediqué y estaba ahí doctor – le respondió la enfermera tratando de mantener la calma –

Le repito que no está. Búsquelo inmediatamente. Ore a sus santos mi querida. Si le sucede algo, usted será la responsable directa – le dijo Alberto en forma amenazadora-

¡Inmediatamente doctor! – le respondió la enfermera –

Acto seguido salió corriendo, llamando a todos los que podía.

Lo buscaron por todo el reparto de oncología. No estaba. Bajaron a la planta baja y siguieron la búsqueda.

Lucía desesperada salió por la puerta trasera del hospital, la que conducía al parque. En el suelo encontró el gorro de lana que solía llevar Arturo. Miró a lo lejos y vio que el portoncito que conducía al bosque estaba abierto. Habían roto el candado.

– ¡Dios mío! ¿Arturo dónde estás? – se preguntó inquieta. Llovía a cántaros. Temió lo peor.

Llamó a Orlando, uno de los enfermeros que la estaban ayudando a buscarlo

– Orlando creo que se fue al bosque – le dijo – El portón está abierto. Por favor, llama a otros y vamos a buscarlo. De prisa, apúrate.

¡Arturo! ¡Arturo! – Comenzaron a gritar al viento. La lluvia había cesado. Encontraron su pijama cerca del riachuelo.

¡Lucía!, ¡Lucía! Ven, hemos encontrado su pijama – le gritó Orlando –

Corriendo llegó Lucía al lugar.

¡Dios bendito! ¿Dónde se habrá metido este hombre? – Lucía estaba reteniendo sus lágrimas -.

Apreciaba a Arturo. Lo había acompañado durante todo el proceso de su enfermedad. Lo habían ingresado la semana pasada, después de un último tentativo de quimioterapia, con pocas esperanzas de vida. Prácticamente estaba solo. Tenía dos hijos los cuales poco o nunca estaban pendientes de él. Divorciado y abandonado por todos. Era de un carácter especial, pero en el fondo era un buen hombre. El cáncer había carcomido su físico. Setenta años cumplidos.

Caminó hacia el riachuelo, invocando a todos sus santos.

Detrás de una gran roca lo encontró. Desnudo como Dios lo había traído al mundo. En su rostro se dibujaba una sonrisa.

– Arturo, ¡Dios mío!, ¿qué has hecho? – dijo Lucía, sin saber que hacer o que decir – Lo tomó entre sus brazos y sintió que aún respiraba. Un respiro tenue.

¡Orlando!, ¡Orlando! Lo he encontrado, corre por favor – gritó desesperada –

– Arturo, ¿me escuchas? – le dijo mientras secaba su rostro –

Sí, Lucía, te escucho – le dijo Arturo con una voz casi inaudible –

He vivido tantos años Lucía – continuo – He cometido tantos errores. La vida se me ha ido entre los dedos, como la arena fina de una playa solitaria. Mucho tiempo he perdido por ir detrás de las cosas efímeras. Presiento que dentro de poco moriré.

¡Basta Arturo!¡Cállate por favor! Te llevaremos de nuevo a la clínica y te mejorarás. No debiste salir. Has cometido una locura – Le refirió Lucía sin poder contener su llanto –

Ojalá hubiera cometido tantas de éstas locuras mi querida Lucía – dijo Arturo recobrando el aliento después de un ataque de tos – muero lleno de remordimientos. Si yo hubiera hecho, si yo hubiera dicho, si yo… – de nuevo lo interrumpió la tos –

Ella intentó hacerlo callar, pero él insistió.

Por favor Lucía, déjame hablar – le dijo – . Éste es el último acto de mi vida. Qué triste es la vida cuando no se ha sabido vivir. Más triste aún cuando lo entiendes al final del camino. La naturaleza, en mi niñez jugó un papel importante. Me crié entre bosques y animales. Con el tiempo olvidé disfrutar de los detalles de la existencia. Muy ocupado, muy preocupado. Hoy por primera vez en tantos años he saboreado la felicidad. Cuando me diagnosticaron la enfermedad no me lo creí y seguí viviendo como si nada hubiera pasado. La enfermedad me doblegó. Solo ahora veo, siento y comprendo el sentido de la existencia, qué extraña es la vida.  No cometas mi mismo error amiga. Vive. Disfruta de los pequeños detalles de la vida. Ama, sé feliz. Comparte con tus amigos. No te desgastes solo en el trabajar, en las preocupaciones de este mundo. Abre tus ojos, mira la naturaleza, contempla. La vida es solo una. Un error malgastarla entre odios y sinsabores, como lo he hecho yo. Cultiva tu humanidad Lucía. Eres una gran persona. 

Llagaron corriendo los otros y encontraron a Arturo en los brazos de Lucía.

Ella les hizo una señal para que se quedaran quietos. Sabía que no había nada que hacer y había que dejarlo expresar todo lo que sentía. Sintió tanta compasión por aquel pobre hombre.

Abrázame, abrázame Lucía, al menos tú – le dijo suplicante Arturo –

Lucía lo abrazó. Estrechó a si aquel cuerpo maltratado. Sintió su último respiro. No pudo contener el llanto.

Aquel día, Lucía al salir del trabajo se dirigió a la fábrica donde trabajaba su marido. Calculó la hora en que salía de trabajar. Lo esperó.

Francisco salió puntual del trabajo y se sorprendió gratamente al ver a su esposa.

¡Ehi que hermosa sorpresa! – le dijo mientras se dirigía donde estaba ella –

Lucía apretó el paso, lo alcanzó y lo abrazó fuerte. Se besaron sin importarles los que pasaban cerca – te amo – le dijo –

¿Pasó algo? ¿No te tocaba trabajar toda la noche? ¿No querías suplantar a Margarita y así ganar un poco más? – le dijo él sorprendido, con un toque de hironía – Sus horarios casi no concordaban. Se habían alejado mucho en el último año entre trabajos y responsabilidades varias.

Francisco ¿me amas? – le preguntó ella mirándolo fijamente a los ojos

Más que a mí mismo –

Otro abrazo efusivo acompañado de un profundo beso.

Francisco se sintió feliz. Hacía tiempo se estaba preocupando por su relación que cada vez sentía más fría. Temía porque le estaba haciendo falta el afecto y el amor de su esposa y las tentaciones había comenzado a tocar a su puerta.

Aquel día comprendió Lucía el sentido profundo de la existencia. Estaba dejando de lado el vivir pleno. El trabajo y el tram tram, poco a poco estaban minando su relación con Francisco a quien amaba. Le vinieron a su mente, las palabras de Arturo:

“Qué triste es la vida cuando no se ha sabido vivir. Más triste aún cuando lo entiendes al final del camino” …. “No cometas mi mismo error amiga. Vive. Disfruta de los pequeños detalles de la vida. Ama, sé feliz”

Mientras se dirigían caminando a casa, en medio de la penumbra, Lucía miró al cielo y vio un gran lucero jamás visto. No pudo evitar pensar en Arturo. De seguro era él que alumbraba en la lejanía.

¡Gracias! – le dijo interiormente – Ambos se perdieron entre el bullicio y la gente.

Todas mis obras están registradas. Tienen derecho de autor. “SAFE CREATIVE”. safecreative.com

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