Fue un 8 de septiembre

Y llegó aquel esperado día.

Era un ocho de septiembre del 1984, sábado. El bus de la empresa “Camargüi”, esperaba en la estación. Llegamos media hora antes. El aroma del diesel se mezclaba con la brisa suave de aquel atardecer. Jamás olvidaré aquel aroma. Un ambiente agitado en vistas al inminente viaje. Gente que iba y venía, subía y bajaba del bus. Abrazos efusivos, lágrimas derramadas. Ese día se conmemora la “Virgen del Valle”, patrona del Oriente venezolano. Le profesábamos una gran devoción en mi hogar, en modo particular mi padre. A ella me encomendó. Mi madre en el auto, no quiso bajarse para despedirme. Entre lágrimas me despedí de ella.

Antes de subir al bus, un fuerte abrazo de mi padre y un beso en la mejilla. Primer beso de mi padre, no recuerdo otro ni en mi más tierna infancia. No manifestaba sus sentimientos. Era el hombre rudo y duro que trabajaba para llevar el sustento a casa. Que había pagado los estudios a todos mis hermanos sin que ellos trabajaran. Decía que si trabajaban no iban a estudiar porque le tomarían el gusto al dinero y abandonarían la carrera. Tenía su forma de ser, de pensar, de actuar la cual admiré y de la cual aprendí mucho. Todo su actuar fue motivado por el amor a la familia. Así fue cómo aprendió a vivir.  Aquel beso me conmovió al extremo, dadas sus pocas manifestaciones de afecto. Detrás de aquella facha de duro, se escondía un hombre tierno, afectivo, un niño indefenso. 

A las 18.45 horas partimos hacia la capital. Toda la noche viajando. Aproveché la penumbra que se hizo dentro para expresar mi sentimiento en lágrimas, en silencio, escondido. Contaba tan solo con 17 años. Llevaba conmigo una maleta cargada de ilusiones, de sueños, de anhelos. Primera vez que me separaba de mi familia y me sentía perdido, pero con una certeza, quería partir, quería comenzar a escribir mi propia historia. Hoy hace ya 35 años de aquel día tan significativo para mí y que quiero compartir contigo querido(a) lector(a). 

No estoy de acuerdo con lo que vas a hacer con tu vida, pero jamás le impuse ninguna carrera a mis hijos, no lo voy a hacer ahora. Ve y solo quiero que seas feliz. Recuerda que ésta es y será siempre tu casa. Si quieres regresar aquí estaremos con los brazos abiertos esperándote — me dijo mi padre antes de partir. Palabras que conservo como un tesoro, al igual que tantos otros consejos: 1) No hables con personas extrañas, ten siempre cuidado con todos. 2) El dinero métetelo siempre en el zapato, dentro de las medias. Deja un poco en tu bolsillo, pero jamás lo lleves todo ahí. Se te llegan a robar, no te quitarán todo (práctica que realicé por luengos años) 3) Cuando se detenga el bus, no vayas a comer nada de lo que venden ahí. Si tienes mucha hambre, copra y cómete una manzana. No vaya a ser que te de una cagueta por el camino (sonrío). 4) Apenas te bajes del bus, mira el número del mismo, ve al baño y está pendiente de dónde se ha estacionado. Ubícalo siempre hijo, no vaya a ser que te deje, recuerda que esos no esperan a nadie…

De niño los viajes en bus eran toda una aventura. Solíamos ir a la capital por cuestiones de salud de mi madre y nos quedábamos en casa de mi tía América, la hermana mayor de mi padre. Recuerdo que vivía en la urbanización “Los Chaguaramos”. Aquella casa me parecía un palacio. Siempre en orden y limpia. Aquel clima tan agradable y el perfume de aquel hogar. Los juegos interminables con mi primo Ramón Antonio, teníamos la misma edad. Increíble como el cerebro humano es capaz de grabar tantas cosas. Activarse a través de un aroma, un color, un sabor, un recuerdo….(memoria afectiva). Por supuesto las órdenes de mi madre eran precisas y estrictas. No se me ocurría desobedecerlas: 1) Te portas bien, no te pongas a gritar o hablar duro. Si vas a jugar tiene que se en el patio. Cuidado y rompes algo Omar Darío. 2) Te comes todo lo que te pongan, no seas remilgado. Si te gusta una cosa no pidas más. Come solo que te pongan en el plato. Si te preguntan si quieres más, tú di que no. No quiero que vayan a pensar que eres un mal criado o un aprovechado. 3) No seas curioso y no te metas donde no te han llamado… Imposible no ser un niño ejemplar, educado y bueno, pues eran consejos que se repetían si iba a algún lugar con mis padres. Consejos que recuerdo con cariño dentro de todo. Formaron parte de mi vida y me marcaron por mucho tiempo hasta que me liberé de ellos. El “qué dirán” era algo que en mi casa se tenía mucho en cuenta.

En Caracas nos estaban esperando en la estación de autobuses llamada “Nuevo Circo”. Ya no existe, fue trasladada a otra zona. Me llevaron al convento que se encontraba en “Puerta Caracas”, en una de las zonas más altas de la ciudad. Me asignaron una habitación y enseguida me fui a la capilla interna. Era pequeña, con sillas en vez de bancos. Me senté y contemplé al Santísimo. En ese momento se desbordaron mis emociones. Comencé a llorar y me preguntaba ¿qué hacía en aquel lugar? Tenía temor de haberme equivocado, pero recuerdo que yo mismo me dije: “ánimo Omar, extiende tus alas y vuela. Es lo que querías y lo estás haciendo. No temas” Conseguí un gran alivio. No sé cuánto tiempo estuve en aquel lugar. Ahí puedo decir que comenzó una gran aventura que duró 32 años. Fui feliz y me entregué por completo a todo lo que estaba haciendo. 

A los dos días, un lunes 10 de septiembre partíamos un grupo de 12 chicos hacia la cierra de Perijá, al este del país, para comenzar con el “postulantado”. La etapa de iniciación a la vida religiosa. Fue un viaje largo en un Toyota, 800 kilómetros hasta llegar a Maracaibo, capital del estado Zulia. Reposamos y al día siguiente nos fuimos a la misión de “Los Ángeles del Tukuko”, antiguo internado en el corazón de la sierra. Ahí estuve un año, antes de ir a Caracas para comenzar con la filosofía, el noviciado y la teología. 

Hoy en el día que recuerdo ese momento en el que abandoné mi hogar, quiero darle gracias a la vida por todo lo que me ha dado. Por todas las experiencias que he vivido, las mismas me han servido para ser lo que soy en este momento. También quiero agradecer en manera particular a mis antepasados. A todos aquellos que en su momento tejieron su historia, que ya no están en este mundo y que también contribuyeron indirecta o indirectamente a mi existencia: bisabuelos, abuelos, mi madre….Los honro, los respeto, les agradezco su existencia. Una manera concreta de vivir, existir y ser que admiro. Bendíganme y guíenme en el camino que realizo con sus logros y fracasos; triunfos y sufrimientos; errores y certezas…una forma diferente y plena de ser humano. 

Miro con esperanza al horizonte con la certeza de que lo bueno está aún por acaecer, es más, está ya acaeciendo. Termino con una frase que leí y me quedó impresa: Elijo creer que las cosas son posibles, incluso cuando no sé cómo, ni cuando sucederán. 

2 comentarios sobre “Fue un 8 de septiembre

  1. Querido Omar, doy gracias a Dios por lo bien que te expresas, por la sencillez con que sabes contar las cosas más existenciales de tu vida. Sin duda que tus 32 años en esa situación, llenos de luces y sombras han hecho de tí la persona de la que hoy disfrutas; cada uno somos fruto de nuestra historia y nuestro perfil existencial tiene una meta que entre todos vamos forjando. Pero nunca puedes olvidar que tu fin es llegar a Él siendo fiel al misterio insondable de sus planes. Ël siempre te tiene presente y misteriosamente vela por tí.

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    1. Gracias mi amiga querida. Sí, es cierto, él siempre está ahí a mi lado y jamás me abandona. Hace tres años decidí tomar otro camino en mi vida, sigo amándolo más que a todas las cosas en este mundo, y lo sirvo de otra forma. Gracias de nuevo por tu apoyo y cercanía. Un fuerte abrazo y mil bendiciones. Omar

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