Último adiós (micro relato)

Tomó su mano entre las suyas.

Cálida y suave como nunca la sintió. La besó una y otra vez. Quería que lo sintiera cerca, muy cerca. Que no experimentara la soledad en ese momento tan importante de su vida.

Se levantó despacio. Con un pañuelo húmedo refrescó su frente. La fiebre poco a poco la consumía. Con gesto cariñoso acomodó sus cabellos, de los cuales ya quedaban pocos. Acarició su mejilla y con la punta de su índice rozó sus labios.Un silencio profundo había descendido en aquella habitación. Nadie se atrevía a hablar ni hacer ningún ruido. 

El galeno se encontraba a un lado del lecho. Había hecho cuanto estaba a su alcance.
Ella abrió los ojos un instante, buscó los suyos. Los encontró mientras una lágrima resbalaba por su cansado y martirizado viso.

Aquí estoy amor – le dijo con voz trémula – 

Ella quiso hablar, murmurar alguna palabra más no pudo.

Tranquila, tranquila, aquí estoy. No estás sola. Reposa amor mío, reposa… – no pudo terminar la frase. Lágrimas brotaron en abundancia en aquel momento. Cerró sus ojos y ocultó su rostro.

Ella cerró de nuevo sus ojos y suspiró profundamente. Su respiración fue cesando. Era sus últimos minutos en esta vida.
Él lo supo y ahogó un grito con su puño.

¡Noooooo, por favor, te lo pido!…..¡Noooo! ¡No me dejes amor! ¡Noooooo te lo suplico! ¡Noooo!

La abrazó fuerte como queriendo devolverle la vida. Donar la suya si era posible ¿Qué sentido tenía la vida sin ella?
Frágil cual niño indefenso lloró desconsolado mientras reposaba su rostro en su pecho inerme.

Laura, su madre, se le aceró.

Ven Arturo. Ven conmigo – le dijo susurrándole al oído – 

No madre. Déjame aquí con ella – respondió entre sollozos – 

Tienen que prepararla Arturo. Ven conmigo hijo. Después regresarás. Ven conmigo por favor – tuvo que hacer un esfuerzo para no romper en llanto.

Como pudo se levantó. Aferrado a Laura salió de la habitación. Lo condujo a su habitación. Al entrar lo hizo sentar en su cama.

Hijo. Pilar mi hizo prometer que te entregaría esta carta apenas falleciera – sacó la carta del bolsillo de su bata – Te dejo. Trata de reposar cariño.

Laura se sorprendió de su entereza casi varonil. Sabía que tenía que ser fuerte para sostener a su hijo en aquellos momentos. Salió de la habitación dejándolo solo. Era necesario respetar su dolor. Al cerrar la puerta detrás de ella se desplomó. Comenzó a llorar amargamente. No era justa la vida, sobre todo con ellos. Tan jóvenes, tan enamorados que estaban. Se dirigió de nuevo la habitación donde se encontraban los restos de su nuera. Era necesario prepararla para el Sepelio. 

Arturo sostuvo la carta un instante en sus manos. La miró intensamente mientras continuaba a llorar sin consuelo. La apretó en su pecho y se recostó en el lecho. La abrió y comenzó a leer

Mi adorado amor.
Si estás leyendo estas letras es que ya he llegado a mi fin.
No sabes cuánto me duele dejarte. Hubiera preferido morir primero, soportar ese dolor que ahora sientes con mi partida. Que no lo sufrieras tú sino yo misma.
Que injusta la vida amor. Tan jóvenes, tan enamorados y el cruel destino nos separa. 
Te amo, te amo tanto y por ello quiero que seas feliz. Ahora el dolor doblega tu alma, lo sé, pero no quiero que te quedes en el dolor, en la muerte, en la infelicidad. Eres joven Arturo, mi Arturo y mereces todo el amor del mundo. Mereces que alguien te ame tanto como yo y que pueda darte un hijo. El mayor dolor que me llevo a la tumba, es el no haber podido engendrar el fruto de nuestro amor. No poder dejarte una parte de mí en una criatura concreta que llevara mi sangre, tu sangre, nuestra sangre.
Ten la certeza de que en el más allá velaré por ti. Te protegeré. Te acompañará mi amor.
¡OH Dios! qué doloroso es todo esto. Más doloroso que mi misma enfermedad. 
Quiero pedirte perdón. Sí, perdón si alguna vez te ofendí, si alguna vez te juzgué, si me dejé llevar por mi carácter, por mis impulsos…Perdóname una y mil veces. Quiero que sepas que siempre te amé, siempre y doy gracias a Dios por haberte conocido, por haberte puesto en mi camino. Por haberme hecho feliz hasta los últimos instantes de mi existir, porque sí, fui feliz a tu lado amor, muy feliz.
Siento que poco a poco me abandona la vida. No puedo hacer nada, absolutamente nada. Nunca en mi vida me he sentido tan impotente, amor de mis amores. No te niego que tengo miedo, mucho miedo a lo desconocido, a lo que sucederá. Soy una mujer de fe y lo sabes, pero ahora me siento tan débil que dudo de todo, hasta de mí misma. 
Espero que alguna vez nos volvamos a ver. Esta noche sal fuera, mira al cielo, verás una nueva estrella que brilla en el horizonte, esa estrella seré yo, que desde la lejanía te manda un cálido beso. Te digo adiós con el alma destrozada, pero con todo el amor que pude conocer y comprobar en ti
TE AMO
Siempre tuya….. Pilar 

Entre lágrimas abrazó la carta. La apretó fuerte contra su pecho y se quedó dormido pronunciando su nombre…..

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