Padre misericordioso

Un padre tenía dos hijos. Trabajaban con él en las faenas del campo. Un día, el más pequeño habló con su padre.

Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde. Me quiero ir lejos de casa a vivir mi vida

El padre, con mucha tristeza, le dio la parte que le correspondía. No quería retener a su hijo aún sabiendo a los peligros que se podía enfrentar, pero tenía todo su derecho a vivir su vida. 

Un buen día partió lejos de su hogar. 

Estando lejos comenzó a vivir la vida sin preocuparse por el futuro o trabajo alguno. Despilfarrando el dinero de su herencia en fiestas, banquetes, diversión. Tenía muchos amigos, al menos era lo que él pensaba. En el momento en que comenzó a faltar el dinero y a mermar la diversión, fueron desapareciendo los amigos hasta encontrarse solo y sin dinero. 

Comenzó a buscar trabajo para mantenerse y lo único que encontró fue de cuidador de puercos en una granja. Mal pagado y mal tratado. Era tal el hambre que tenía que llegó a desear llenarse el estómago con lo que le echaba a los chanchos. 

Entra en una gran crisis existencial y en las noches eternas comenzó a pensar y a decirse a sí mismo: Cuántos jornaleros viven bien con mi padre, trabajando, recibiendo la paga honrada y yo estoy aquí muriéndome de hambre, lejos de la familia, de mi gente, de mis verdaderos amigos, de mi hermano. Regresaré y hablaré con mi padre. Le pediré que me trate como a uno de sus trabajadores, sin ningún privilegio, pues reconozco que he cometido un error y debo pagar las consecuencias del mismo. Decide regresar a casa.

El padre siempre abrigó la esperanza de que su hijo regresara. Todas las mañanas oteaba el camino esperando verlo regresar. Un día lo vio a lo lejos y tal fue su alegría. Salió al encuentro del mismo, lo abrazo, lo besó y fue enorme su alegría.

Padre, me he comportado muy mal contigo y mi hermano. No merezco ser conocido como un hijo tuyo. Perdona, reconozco mi error. Quiero que me trates como a uno de tus jornaleros. No merezco ningún trato particular

Hijo mío, lo importante es que has regresado — le dijo mirándolo a los ojos —

Organizó una fiesta, quería festejar la llegada de su hijo menor.

El hijo mayor estaba en el campo trabajando. Cuando se acercaba a casa se dio cuenta de toda la algarabía, la música, la alegría.

¡Oye! ¿Qué pasa? — le preguntó a uno de los obreros —

Tu hermano ha vuelto y tu padre ha organizado una fiesta —

Fue tal su enojo que no quiso entrar a casa y se mantuvo lejano. Su padre se dio cuenta y salió a su encuentro.

Hijo tu hermano ha regresado ¿Por qué no entras y te unes a la fiesta? — le dijo —

Son muchos los años que trabajo contigo y a mí jamás me has organizado una fiesta. Pero ahora viene ESE hijo tuyo, que gastó una fortuna en fiestas, prostitutas, banquetes y le preparas una fiesta. Hasta matas el carnero más gordo para ese sin vergüenza —.

“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.” —.

La base fundamental de este relato, es una de las parábolas de Jesús que podemos encontrar en el evangelio de Lucas, capítulo 15, versículos del 11 al 32 (Lc 15, 11-32). Lo que he realizado es una versión mía, adaptada al original. 

Es una de las parábolas que siempre me ha llamado la atención. Suelen titularla “la parábola del hijo pródigo” o “parábola del padre misericordioso”, dependiendo de la versión bíblica. (Parábola es un género literario, es la predicación o proclamación de un mensaje en forma de cuento. Una forma sencilla y simple de llegar a un interlocutor y que se capte el mensaje central). Me gusta más el segundo título: “parábola del padre misericordioso”. Independientemente si somos creyentes o no, esta historia tiene una enseñanza universal. 

Tres los personajes principales: el padre, el hijo menor y el hijo mayor. Ninguno de los hijos tiene nombre. Quizás podríamos poner los nuestros. 

Podríamos estar de parte del hijo mayor, identificarnos con él al reconocer que el menor, este sin vergüenza se ha ido. Lo ha dejado a él con todo el trabajo y ha “gozado” la vida. Un egoísta. Sorprenden las palabras del padre: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo…” Para el hijo mayor el padre que debió ser más duro, exigente y no hacer esa fiesta ya que celebraba todo lo mal que se ha portado su hermano. Mas es otro el sentido que le da el padre. Sabe que todo lo que ha vivido el hermano ya es en sí un buen castigo. No celebra su comportamiento, sino la decisión de regresar a casa (¿dónde mejor podría estar?) Que lo que necesita es la compresión, el cariño, la exigencia (claro está) de una familia para seguir adelante y mejorar. Todos cometemos errores en nuestra vida. El hijo menor llega con una actitud completamente diferente a la de antes. Está dispuesto a ser uno más. Ha entendido que cuando se cometen errores hay que pagar las consecuencias de los mismo. Es una señal de madurez cuando no solo somos capaces de aceptar nuestros errores, sino de asumir las consecuencias del mismo. 

El hijo menor representa el error, el desorden, la poca cordura, los fracasos. El mayor: el orden, la rectitud, la perfección, la exigencia. El hijo menor y el mayor están dentro de nosotros, dos partes fundamentales de nuestro ser. En la medida que queremos desterrar, destruir al hijo menor, lo reforzamos y caemos en el más grande error. El equilibrio es la palabra clave. Jamás creerse mejores que los demás, juzgarlos, condenarlos, porque no sabemos lo que se ha producido en su interior ni tampoco lo contrario, permitir todos los errores y dejarnos llevar por la desidia.

En el evangelio no se dice nada si el hijo mayor entró a la fiesta con el padre. Una de las cosas que me gustan de estos relatos es que deja cosas en suspenso, permitiéndonos a nosotros entrar en el relato y aprender. Quiero pensar que entró junto con el padre y celebró la llegada de su hermano. Que hablarían largo y tendido, que se restablecería la concordia. Nada de perfecciones o idealismos baratos, sino la realidad. Que es posible la concordia en una familia, a pesar de que cada uno es diferente, con sus valores y errores, cualidades y desatinos, pues la perfección no es de este mundo. 

Hace algunos días escribí un artículo sobre la figura de Dios. Lo considero como un Padre (en mayúscula) pues esta historia refuerza mi sentir y pensamiento. El padre que sabe entender a los dos hijos, de hecho es él quien se mueve a encontrar a uno u otro. 

Me gusta recordar que soy creyente, no practicante, ni menos fanático. Tengo la dicha de tener amigos ateos, agnósticos, budistas, evangélicos, musulmanes.… Nos une la amistad y no una creencia. La verdad la construimos todos y nadie la posee exclusivamente. 

Gracias por leerme. 

4 comentarios sobre “Padre misericordioso

  1. Buenas tardes Omar, no se si conoces el libro de Henri J. Houwen “El regreso del hijo pródigo” para mí es de lo mejor sobre este tema. Él se sitúa ante el cuadro de Rembrandt y reflexiona meditando al repasar los personajes. Te lo recomiendo.
    Yo tambien me he atrevido a actualizar esta parábola entre las páginas de la novela que voy comentando en mi blog.
    Un saludo muy afectuoso

    Le gusta a 2 personas

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