Morir

Es al caer de la tarde cuando me gusta centrarme en mis reflexiones. 

Sentado en la orilla del mar, con los pies descalzos contemplando las olas que vienen y van. El aire arropa todo mi cuerpo. El atardecer muestra su variopinto color. Las gaviotas suelen volar lentas, parecen suspendidas en el aire. Vuelan con gran maestría, alguna que otra se acerca a mí, con mucha curiosidad. 

Abrazo mis rodillas, cierro mis ojos, respiro profundo y expiro; dejo salir el aire lento. Siento una paz inmensa dentro y espontáneo me viene de agradecer. Siempre lo hago, es algo inconsciente pienso. Agradecer por todo, no solo por las cosas positivas y agradables que me han pasado, sino también las que han traído una pizca de tristeza, dolor, incomprensión o sufrimiento. La vida es un compendio de tantas cosas, no solo las que nos agradan. 

No puedo evitar recordar las cosas del pasado, sobre todo situaciones y circunstancias varias. En ocasiones se me escapa una sonrisa.

La sensibilidad me acompaña desde mi más tierna infancia. Me ha traído tantas satisfacciones, sobre todo poder sentir en profundidad, entrar en sintonía con el otro, en manera particular, con quien está sufriendo. Entender lo que está sucediendo en mi entorno, saber cosa decir en el momento justo. Suelo acompañar esos momentos de sensibilidad con el silencio para poder reflexionar y saber qué hacer o decir en su debido momento. En general, ante alguien que vive una situación particular o dolorosa me dejo llevar por la intuición. Un abrazo, una caricia, un silencio elocuente, una mirada comprensiva.

Todos los sacramentos para mí son especiales. Son ese auxilio que nos viene de lo Alto en los momentos particulares de la vida. Cuando era sacerdote los administraba con sumo respeto, en especial el sacramento de la “unción de los enfermos”. Acompañar a una persona en el último capítulo de su vida, es algo maravilloso. No deja de ser doloroso, ya que nos encontramos delante de un ser que está a punto de morir. Sostener sus manos, susurrar una plegaria en sus oídos mientras siente que muere, hace temblar el alma y no puedes ocultar alguna lágrima que sale espontánea. Aunque tengo la certeza de que la vida no termina, sino que se transforma, no se puede estar impasible ante el morir. Aquí juega un papel primordial la sensibilidad, la empatía, ese poder entrar en contacto con el otro y saber entender, comprender, acompañar en silencio. La mano o el beso en la frente, la caricia en la mejilla, invocar el salmo 23 y declamarlo en forma pausada: “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace descansar, a las aguas tranquilas me conduce, me da nuevas fuerzas y me lleva por caminos rectos, haciendo honor a su nombre. Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me protegen e inspiran confianza. Me has preparado un banquete ante los ojos de mis enemigos; has vertido perfume en mi cabeza y has llenado mi copa a rebosar. Tu bondad y tu amor me acompañan a lo largo de mis días y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré….” Dar confianza a quien vive la muerte y sobre todo hacerle saber que no está solo. Que Dios lo recibirá y que no debe temer porque es un padre bueno. No es ese juez implacable que castiga y condena.

He visto la muerte a los ojos en más de una ocasión y puedo decir que no me asusta. No temo morir, lo que temo es hacerlo en soledad, sin que nadie esté a tu lado en ese momento tan importante de mi vida. Pero si así fuere, lo aceptaría porque convencido estoy que todo tiene su por qué en esta vida, todo, absolutamente todo. 

En ocasiones me he imaginado ese momento y no me agobia. Será un quedarme dormido y despertar en otra dimensión al lado de aquellos que ya se fueron antes que yo. Eso es lo que creo, respetando profundamente a quien no piensa igual que yo. Respeto, aceptación, consideración, comprensión siempre los he mantenido en mi vivir cotidiano. 

Hace años escribí algo referente a la muerte, quiero compartirlo contigo amigo lector.

¡Oh muerte dichosa! Que pondrás fin a mi existencia, escrita en mi última prosa.

Tú, la tan temida por muchos y deseada por pocos.

Tú, la que nos haces regresar a ese lugar de sueños, ese lugar pequeño, que un día dejamos para despertarnos en lo que vida llamamos.

Tú, descrita por muchos como cruel, fría, sin alma, despiadada, inoportuna…

Representaciones tuyas que hay, todas dan miedo, quitan la esperanza, no hay ni un poco de consuelo. El color negro es el que reina, queriendo simbolizar la desesperación total. Ángeles desalados, de aspecto fúnebre, crueles, despiadados; esqueletos infernales con hoz en mano arrastrando a los mortales; huesos sin esperanzas, esparcidos en lontananza…..

En ocasiones te he tocado, has estado cerca de mí, has enjugado mi frente sudorosa. Mi experiencia ha sido diferente y no por virtud o santidad o ser otra cosa.

Te imagino franca, segura, fuerte, tímida, paciente, de elegante y recia presencia, directa, verdadera…..

“Muero porque no muero”, escribía Santa Teresa de Ávila en su hermoso poema “Vivo sin vivir en mí”, consciente que el morir la llevaría a los brazos de su amado, el vivir era un estar lejana de ese Gran Bien. La muerte, su amiga fiel, la llevaría en brazos a ese su dilecto.

“Bienvenida seas hermana muerte”. Al momento de su defunción, así exclamó el gran santo de Asís, el “poverello”, que solo en Dios tuvo todo consuelo, llegando a la plenitud de su humanidad. En su cántico de la criaturas, una estrofa le dedicó: “Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar”, nada más que agregar.

Siendo tú inevitable, si ninguno de ti puede escapar, ¿por qué no verte en forma diferente? ¿Es así nuestro creador tan cruel, tan indiferente que quiere que todos suframos desesperados? ¿Y si solo es un sueño, un dormir para despertarnos en otro existir más pleno, infinito, perecedero, donde encontrar podamos a todos los queridos?

Así te veo, infinita ¡OH señora muerte!

Apacible, tranquila, fuerte, soñadora.

Ningún mortal escapa, eres acogedora,

morir serenos es muy posible, no es suerte.

Si tú, vida normal y serena has vivido,

enfrentando los obstáculos, tus errores,

pidiendo perdón, afrontando tus temores,

no desesperes cuando ella, llegue a tu nido.

Algún temor interno podemos sentir,

dejar a los queridos, dejar de existir,

desesperados no, allá hay vida aún por vivir.

Camina por la vida, mi amigo querido,

sin hacer mal a nadie, haciendo lo debido,

creyente o no, vivirás, así lo he sentido.

5 comentarios sobre “Morir

  1. Debemos resignarnos a morir, porque al final un dia sucederá y cuando llegue ese momento que mejor hacerlo de la mejor manera y habiendo pedido perdón por nuestros pecados…

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  2. Hace tiempo que la muerte la vivo como una liberación de los límites corporales, como un entrar en otra dimensión donde la realidad deseada es alcanzada para toda la eternidad. Más que temerla, temo el no saber cómo llegar a ella ¿enfermedad? ¿sufrimiento?… Pero la muerte me liberará de todas estas penalidades

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