Un día especial

Aquel día era especial. No sabía por qué, pero tenía otro sabor. La luz del sol era diferente, la brisa le pareció más suave que nunca, los colores eran vivos, variopintos. Un aroma fresco y dulce fluctuaba en el ambiente. 

Se levantó, fue al baño. Se miró al espejo y se vio rejuvenecido. Sonrío. Sus ojos le brillaban en forma diferente. Después de una ducha que terminó de despertarlo, se vistió casual, se calzó sus zapatillas de deporte. Desayunó y saló a caminar sin rumbo fijo. Tenía la necesidad de despejarse, de perderse en medio de la naturaleza, entre los naranjales y llegar hasta el mar. Ese mar que siempre lo inspiraba, al cual recurría en los momentos difíciles y en los que estaba alegre. 

No se terminaba de explicar lo que sucedía, pero seguía sintiendo que era un día especial.

Se sentía sereno, contento y en paz consigo mismo. 

Sin querer recordó las palabras que su madre le solía decir cuando lo veía alegre: “ten cuidado, si ríes mucho, mucho llorarás. Detrás de una mañana feliz, aparece la tarde amarga y triste”. Sacudió su cabeza como queriendo hacer salir aquellas palabras de su cabeza. Aquel toque de pesimismo de su madre lo perseguía. Luchaba contra él pero en ocasiones aparecía sin darse cuenta.

“Al carajo con ese pensamiento. Hoy es un día especial y viviré al máximo los sentimientos que sienta. Me siento contento, feliz y eso nada ni nadie lo va a borrar de mí. Me dejaré llevar: “gracias vida por todo, en especial por esto que siento” — se dijo mientras caminaba sereno, ya en el camino entre los naranjales que lleva a la playa —.

Mientras avanzaba saludaba a los viandantes que se encontraba. Quien le respondía quien no, mas a él eso no le importaba.

En sus paseos frecuentes no le gustaba llevar los audífonos y escuchar música. Le agradaba deleitarse con los sonidos que escuchaba: el canto de los pájaros, el susurrar del viento, alguna que otra liebre que le salía encuentro, las olas del mar a lo lejos…Su espíritu sensible le hacía estar atento a las pequeñas cosas, a los detalles de la naturaleza y no quería que nada lo distrajese de ello. 

Pudo apreciar y disfrutar el olor a azahar. Ya los naranjales estaban en flor y despedían aquel intenso, pero agradable perfume que se podía apreciar aún más en la noche.

El sol acariciaba su piel al andar. Cerró sus ojos y miró hacia el astro rey. Sintió sus rayos, sonrió. Avanzaba a paso lento pero seguro. Aquellos parajes eran su deleite. En el fondo era un ser solitario, aunque si amaba la compañía, pero no le disgustaba estar solo y buscaba esa soledad de vez en cuanto. Necesitaba ese encuentro personal consigo mismo. Analizar, pensar, reflexionar, contemplar lo que estaba a su alrededor. Un sensible romántico empedernido. No sabía ocultar sus sentimientos, aunque si lo intentaba, pero que va, imposible. Quien lo conocía, con solo mirar sus ojos era capaz de saber su estado de ánimo.

Oía a lo lejos el batir de las olas marinas. El salitre ya se sentía en el ambiente. El mar estaba unido a él desde su más tierna infancia. Las vacaciones que pasaba con sus padres en Margarita, pleno caribe, de donde era oriundo su padre. Aunque tenía cinco hermanos, creció como hijo único. En su infancia sus hermanos estaban en la universidad estudiando. Aprendió a estar solo, a disfrutar de su compañía inventando juegos y personajes. Tímido por naturaleza se replegaba en su pequeño mundo, ese mundo donde se sentía seguro, no condenado o juzgado por su forma de ser, por su apariencia fina y delicada. 

Comenzó a ver el mar desde lejos y se alegró. Se descalzó apenas entró en la playa dejando sus pies libres. Los granos de arena jugaban con sus blancos y finos dedos. Le gustaba la sensación que producían. Se enrolló los pantalones y corrió hacia la orilla. El agua aún fría, pero no le importaba. Gaviotas a lo lejos parecían suspendidas en el cielo, planeaban. Algún que otro transeúnte, pero pocos. La mar en invierno tiene una magia particular. El aire era fresco, no frío, además estaba la presencia de los rayos solares. 

Caminó por aquellos kilómetros y kilómetros de playa desierta. Amó aquella soledad mientras oteaba el horizonte. Extendió sus brazos, cerró sus ojos y agradeció una y mil veces. Los años habían pasado lento. Ya próximo a los 53, media vida pasada por sus manos. 

A lo lejos pudo ver a un padre que jugaba con su hijo. El niño corría y reía a todo pulmón. El padre lo perseguía hasta alcanzarlo y revolcarse los dos en medio de risas en la arena. Sin querer se le dibujó una sonrisa y un recuerdo vino a su memoria. Se sentó en la arena e invocó aquel recuerdo. 

Enfermo se encontraba en casa. Una fiebre que no lo abandonada y cuya fuente era desconocida. Los médicos no daban con el origen de la misma. Su madre trajinaba en casa entre la limpieza, el orden y cosas varias. Recostado estaba en el sofá de la sala, dormitando. Escuchó la portón de casa que se abría, alguien había llegado ¿Quién sería? Se quedó quieto escuchando. De repente su padre apareció por la puerta de la sala, se le acercó y lo abrazó. No era su padre de manifestaciones de cariño, nunca lo había sido ni con él ni sus hermanos.

¿Qué tal estás hijo? — le preguntó —

Mejor señor — le contestó — (era prohibido darles de tú a sus padres: “señor o señora”).

Mira lo que traje aquí — Sacó unas cartas del bolsillo — Te voy a enseñar a jugar un juego que te va a gustar mucho —.

Sonrió leve y se emocionó. Estuvo jugando con él un buen rato. Aquel recuerdo quedó prendado en lo más profundo de su ser. Sentía su cercanía, el acento de su voz, hasta su olor. Todo se interrumpió cuando llegó su madre y le reclamó que no estuviera en el trabajo, sino perdiendo el tiempo con el niño ese. Siguió una discusión que rompió toda la magia que se había creado entre su padre y él. Al rato salió de casa, solo escuchó el portón que se cerraba con fuerza. Miró a través de la ventana y vio su figura que se alejaba hasta desaparecer. Se quedó un rato en aquella ventana con la mirada perdida y se preguntó el ¿por qué?

Es increíble como hay momentos que quedan registrados en lo profundo de la conciencia y cuando menos lo esperas, como en aquella mañana, llegaban al improviso. 

Extrañó a su padre que se encuentra a tantos kilómetros de distancia. En ocasiones la lejanía es dolorosa. Perdió la noción del tiempo mientras contemplaba el horizonte. A cierto punto se recostó y miró al cielo, despejado de nubes. Azul celeste intenso. 

¿Qué somos? Un granito de arena suspendido en un universo infinito. Un suspiro. Peregrinos en tierra extranjera camino a la eternidad; inmersos en un planeta que nos ofrece todo lo hermoso que tiene y que por nuestro egoísmo lo vamos destruyendo. 

Quiere confiar en el porvenir, darle la oportunidad a la vida de sorprenderlo gratamente. Aún hay mucho que aprender, que descubrir, que hacer, que dar y recibir. No quiere caer en la tentación de pensar que todo ha llegado a su fin, que ha atracado en una playa plena de desolación y tristeza, no….aún hay mucha tinta que gastar, tantos cuentos que escribir, tantas historias que dar vida, tantos personajes que darles existencia. Siguió oteando el horizonte infinito, dando gracias y confiando, dejando fluir el amor que brota de su corazón….

Sí era un día especial que le dio la fuerza para seguir adelante.

5 comentarios sobre “Un día especial

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