Nuestro peor enemigo

Cae lenta la tarde.

La brisa comienza a ser cada vez más cálida, los termómetros se elevan.

La presencia del verano es cada vez más inminente.

Un viejo ventilador de techo, trata de ahuyentar el calor que se encierra en la habitación. Mejor mantener las persianas abajo, para que deje entrar un poco de aire y se refresque el ambiente. 

Escucho Ludovico Einaudi, tiene el poder de relajarme y elevar mi espíritu. Estos momentos los considero verdadera oración. Son un encuentro personal conmigo mismo, con la Trascendencia y con mis sentimientos. Con lo que siento en este momento, en una actitud de apertura total. En ocasiones suelo ser muy crítico conmigo mismo y hasta cruel, cosa para nada positiva. He aprendido a quererme y a no ser tan duro con mi persona. Ya la vida, la historia se ha encargado de ello, como para seguir machacándome. Es un ejercicio a realizar. En muchas ocasiones cuando me equivoco enseguida una pequeña voz me recrimina y las palabras utilizadas no son para nada positivas: “estúpido”, “imbécil” , “siempre el mismo”, “no aprendes”, “que pendejo eres, güevón” (persona tonta, boba, estúpida, lenta. Un término utilizado mucho en Venezuela y otros países latinoamericanos) Analizando, son palabras que me quedaron grabadas en la memoria, cuando era niño. Al cometer algún error mis padres no solían ser muy comprensivos, en ocasiones violentos hacia mi persona: “el idiota de siempre”, “pero bueno, muchacho pendejo, ¿qué coño te pasa, eres imbécil o qué?” “No aprendes carajo, siempre metiendo la pata”. ¡Cuánto daño pueden hacer las palabras, los gestos en la infancia! En una etapa en que somos muy receptivos y sensibles. 

Por ello cuando cometo un error, cuando me equivoco, enseguida salta la alarma y me digo: “nada de insultos personales, no es justo para contigo mismo. Respétate por favor”. También lo suelo hacer con las personas que están cerca de mí. Cuando suelen cometer algún error y se recriminan en voz alta, suelo hacerles ver lo injusto de esa situación, que no se deben insultar o avergonzar ellos mismos. 

Viene a mi mente un recuerdo de la infancia.

En una ocasión, tendría yo unos ocho años. Llegué tarde a la escuela. Mis padres se habían retrasado (no recuerdo por cuál motivo) y en consecuencia llegué cuando las clases habían comenzado.

Perdón maestra, he llegado tarde. Mis padres tuvieron problemas con el coche antes de salir — Le dije con una voz tan débil. Una mentira que se me ocurrió al momento —.

¡Vaya por Dios! Miren quien ha llegado tarde — se levantó y fue hacia mí. Me cogió de la oreja derecha y me llevó delante de toda la clase, frente al pizarrón —.

Éstas son las cosas que jamás se deben hacer. Llegar tarde ¿No te da vergüenza Omar? Claro como eres Rodulfo (mi apellido) pues crees que puedes hacer lo que te da la gana — dijo con voz alta para que todos oyeran — Además, miren como viene vestido. Muy arregladito y planchadito. Ni una arruga en su uniforme. Parece el uniforme de una niña, por lo bien arreglado que está, bueno tú pareces más niña que niño, a decir verdad — a esta afirmación todos comenzaron a reír al unísono. 

Sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. Comencé a temblar.

¡Que niña tan linda! — rió a carcajada al igual que mis compañeros. 

Lo peor estaba por acaecer, me hice pipí encima. Aquello aumentó las risas en la clase.

¡Miren nada más! ¡Qué asco! Se ha meado encima ja ja ja ja — gritó la maestra — A ese punto no aguanté más y salí corriendo. Me sentí humillado y comencé a llorar. Corrí hasta llegar a casa, no quedaba muy lejos de la escuela. Al entrar, mi madre me vio en ese estado y se molestó mucho conmigo.

Por qué te has hecho pipí encima Omar Darío. Es que no aprendes, siempre la misma cosa, que estúpido eres por Dios. No aprendes carajo, siempre metiendo la pata — Mi terror fue en aumento. En mi casa habían dos norma tácitas: no llorar (aunque te torturaran), ni salir corriendo. Se levantó, fue a por la correa de mi padre y comenzó a azotarme; me dio fuerte hasta que se cansó y me mandó a mi habitación. Recuerdo haber llorado y mucho. Me sentí fatal…

Nunca se interesó por lo que realmente había sucedido, yo tampoco lo conté (ese y otros episodios) porque sabía, estaba seguro, de que no me creerían y era peor decir las cosas. En aquella época, mis padres daban autorización a los maestros para que nos pegaran, si era necesario. Si por alguna razón nos castigaban, al llegar a casa nos esperaba una buena paliza. 

Esa fue una de las causas de mi miedo escénico, del terror a hacer el ridículo, de avergonzarme de mi sexualidad, de mi sensibilidad, de mi forma de ser. Una de las causas por las que fui un niño y un adolescente tímido, encerrado en sí mismo. 

No fue fácil desprenderme de aquello con el pasar de los años, sobre todo a no ser mi verdugo. Siempre he dicho que somos nuestros peores enemigos, porque nos conocemos muy bien y podemos llegar a hacernos mucho daño. 

Rectifico que la vida es hermosa, que vale la pena vivirla, pero sobre todo que hay que sanar las heridas que llevamos dentro. No somos responsables del pasado, de lo que hemos vivido, pero sí de nuestro presente y de no dejar que el pasado comprometa el futuro; lo empañe y lo haga turbio. Tenemos el poder de sanar y podemos hacerlo, lo dice alguien que ha logrado hacerlo.

Las cálidas notas de Ludovico me acompañan en este momento íntimo que he querido, he sentido la necesidad de compartir, para decirte: Es posible, no te conviertas en tu peor enemigo, créeme no vale la pena. 

4 comentarios sobre “Nuestro peor enemigo

      1. También he tenido que enfrentar lo mismo, quizás por eso me gustó tanto el relato y me sentí identificado con el. Por el contrario, gracias a ti por compartir tu experiencia, además que mejor manera de hacerlo que por medio de la escritura. Un abrazo.

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